Felipe «This is fine» VI

Oigo a Federico Jiménez Losantos decir, a modo de disculpa será, que el rey no es un poder sino un símbolo. Se referirá a que no tiene el ejercicio de ninguno de los poderes del Estado. Pero el Estado, como cualquier sistema, no sólo consiste en una estructura con unas funciones, sino que echa mano de símbolos porque sabe que en ellos reside otro poder. Entre otras cosas, el rey da una referencia para legitimar las actuaciones del Estado y el gobierno. Les da en realidad una pátina que puede ser engañosa. Es como alguien que te ponen ahí en medio, tú miras cómo reacciona ante cada disparate que sucede a su alrededor, y si ves que mantiene la cara de tranquilidad, será que no es para tanto.

Si el rey no se opone a la amnistía nos están diciendo que no nos preocupemos, que aquí no pasa nada. Pero también nos están diciendo que el que se oponga es un extremista. En ese sentido, como han dicho los republicanos de izquierdas toda la vida, el rey es una figura contraria a la democracia, por mucho que estemos en una monarquía parlamentaria. Pero no por las imbecilidades que ellos suelen argumentar, sino porque es una referencia utilizada para demarcar quién está dentro de la «normalidad» del debate que debe haber dentro y fuera del parlamento. El cuento es que claro, nadie más interesado que el rey en que el país no se vaya a la mierda, ya que sin éste, él se queda sin corona, así que lo que él dé por bueno será porque es razonable. Eso nos hacen creer, cuando en realidad el rey es parte de una élite en la que cada cual tiene un papel. A través de cosas como su figura se nos impone, pues, esa exigencia de «normalidad», igual que mediante periodistas que, independientemente de lo que estén contando, siempre mantiene el mismo careto imberbe, menos cuando se habla de la extrema derecha, que ponen cara de oler váteres. A partir de ahí, cuando descarriamos por completo y las cosas están muy lejos de normalidad, les siguen poniendo esa etiqueta como si las noticias fueran una colección de anécdotas sin demasiada importancia. Si, sin ese obstáculo para la vista que es el rey, miráramos más fuera de nuestras fronteras, veríamos que en ningún otro país del mundo sería siquiera imaginable una amnistía. Para eso sirve el rey, entre otras cosas: cuando se quiere mantener el sistema a lo mejor sirve para unirnos, o eso me han vendido siempre. Pero lo que tengo claro es que, cuando se quiere destruir todo, ayuda a llevarnos tan lejos hacia el precipicio que cuando nos queramos dar cuenta ya no podamos dar marcha atrás. Desde luego, no a base de debate.