España está llena de miserables de todas las escalas, cada uno abusando y haciendo el daño que puede. Es una maravilla de sistema porque se legitiman los unos a los otros. Como son moralistas y racionalistas necesitan justificarse, y lo hacen con una lógica que se resume en dos axiomas:
«¿Qué hay de lo mío?». Es decir: Si el de arriba roba, yo tengo derecho a robar lo mío.
y
«El que no roba es porque no puede». Es decir: si tú pudieras me robarías o te aprovecharías de mí, así que aunque yo te lo haga a ti, tú no eres mejor que yo.
Luego vendrán los lloros, pero merecidos estarán. En este país a la mayoría de la gente nunca le han dado una buena hostia, así que al abusón le compensa serlo. No tiene consecuencias. El españolito abusón no teme a las represalias más que del Estado, que tiene el monopolio de la fuerza. Pero del Estado se sabe cuidar bien, el muy cobarde – si no es también su cómplice, a través del cargo o el chiringuito de turno. La sana violencia espontánea del guantazo a pie de calle ha sido demonizada precisamente con el fin de convertir el país en un convento de abusones a los que nadie para los pies y que creen que ser un cerdo se compensa con ir de buenecito y comulgar con el mantra moralista de turno. Lo que antes era ir a misa, vamos, que iba la piara con todo descaro a mezclarse entre los santos y el domingo a las 11 de la mañana la parroquia se convertía en la cochiquera del barrio. Pero por mucho que los cerdos chapoteen en la pila bautismal, siguen siendo cerdos igual. No se les pega nada de los diamantes. Y cerdos se quedan hasta que les llega su San Martín. Porque las hostias que les faltan se las llevan todas juntas cuando llega la guerra civil. Una guerra civil no es más que una actualización acelerada de todas las hostias que venían faltando. Tarde o temprano llegan, es ley natural.