El carpintero y la plomada

¿Cómo se sienten los feligreses de la ideología de género como habitantes de sus cuerpos? ¿Qué son para ellos; una condena, la cárcel de una biología opresora? Al cuerpo lo atacan con la fijación de quien ataca un bastión enemigo en territorio propio. El punky maltrataba el suyo atravesándolo con pinchos y rematándolo con crestas, pero para el punky, el cuerpo era una pared donde llamar la atención de su público, el burgués, con graffitis provocativos. Para el feligrés del género también es escaparate y campo de batalla, pero ¿pretende independizarse, huir de él? ¿Es acaso heredero del asceta cristiano que renegaba de su corporeidad? ¿O, al reivindicar el poder de moldear su identidad física, coloca lo material como referencia última en detrimento del espíritu – puesto que su esfuerzo fundamental es el orientado a esa reivindicación?

El cuerpo es una evidencia impertinente de que hay un límte a las fábulas de la fluidez del ser. Tu cuerpo te recuerda a diario que no eres Supergirl, ni siquiera guapo. Pero es a pesar de nuestras capacidades y limitaciones, y a través de ellas, como conquistamos la vida.

En un sorteo, un carpintero fue obsequiado con una plomada de albañil. ¿Era la herramienta lo equivocado? Podemos defender que sí, y exigir un resultado distinto de tan injusta o desafortunada rifa. Sería una postura legítima. Pero lo que no podemos es aspirar a todos los premios. A no decidir, a no estar sujetos a condiciones, a la flexibilidad absoluta de las circunstancias, porque entonces éstas dejan de serlo. Y ya dijo el filósofo que yo soy yo y mis circunstancias: sin ellas no puede haber un yo.

¿Y por qué el afán del activismo social por la sexualidad, cuando bien podrían batallar contra por ejemplo las discriminaciones flagrantes que sufrimos los bajitos – sí, las personas de baja estatura-? Pues porque la sexualidad es un motor anímico muy potente; alterarlo tiene un impacto fuerte en el equilibrio psíquico y en las percepciones, concepciones y relaciones entre lo espiritual y lo material.

Podríamos estar hablando de todo lo anterior, como podríamos estar hablando de leches savorizadas y frutas fuera de temporada. La flexibilidad para definir el cuerpo se ubica dentro de un marco más amplio de la sociedad (post)moderna y su concepción de la tecnología, derivada de la capacidad para configurar el entorno a placer. Para elegir cuerpo, escoger qué comer y cuándo, o para reducir las distancias a través de la comunicación, que hace a la voz omnipresente y al cuerpo impersonado, invisible. El ser humano es ser espíritu, ser mente, ser cuerpo y ser entorno (circunstancias), y también es ser tiempo; y si estos seres desaparecen, o se desordenan o ponderan con desacierto, ya no estaremos hablando de un ser humano. Todos estos componentes son necesarios; cada cual podrá hacer su receta con ellos, pero deben estar presentes y en equilibrio.

Caminamos sin embargo hacia un ser que omnipotente en fase vapor. Omnipotente porque gozará de toda flexibilidad para definir sus propiedades y entorno – y ¿qué mayor ominipotencia que la posibilidad de no elegir, de no definirse? Y sin embargo, el feligrés del género es peor que un dictador gallego. Pero la no omnipotencia – la potencia libre pero limitada – es una condición definitoria del ser humano. Porque, ya puestos… ¿por qué motivo tiene que elegir una sola de las múltiples clasificaciones que ofrece la teoría de género? ¿Por qué no ser todas simultáneamente, o una combinación cuántica de homo y heterosexual? ¿No es acaso la lógica otra limitación opresora impuesta por la naturaleza – o por quien sea, qué más da? Pero la realidad es que debemos elegir una de esas clasificaciones en cada instante, entre otros motivos porque somos seres vivos, y algo tendremos que hacer más allá de revolotear sobre las aguas.
Así, el juego de los géneros se ha convertido es un juego de las sillas donde todas son iguales y los jugadores homogéneos, y cambiando de silla simulan evolucionar sin conseguirlo ni pretenderlo. Son entonces seres omnipotentes pero sin ser Dios ni tener creación pendiente. Y eso es muy irresponsable, y no puede acabar bien.

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