¿Sociedad de enfermos o víctimas?

Leo este interesante artículo en La Tribuna del País Vasco:

http://latribunadelpaisvasco.com/not/6292/el-sindrome-de-la-solidaridad-suicida/

* * *

Algunas reflexiones al respecto (resumen al final):

Comparto muchos de los síntomas identificados en el artículo, pero no comulgo totalmente con el diagnóstico. Esta sociedad tiene sus funciones vitales comprometidas – una de ellas, la defensiva – pero no está propiamente enferma : hablaríamos en todo caso de una reacción de agresión autoinmune. Nuestros líderes están utilizando una serie de mecanismos comunes a todos los seres humanos para que esta sociedad actúe en su propia contra. La mayoría de sus miembros más que enfermos son víctimas: están engañados, de(sin)formados, condenados en sus virtudes y chantajeados en sus miserias, y hasta cierto punto adiestrados por un trabajo de condicionamiento pavloviano. Y de esa situación de hipnosis colectiva saldríamos si no fuera por el inmenso y continuo despliegue de ingeniería social.

Evolucion y mecanismos de afiliación al grupo

Los miembros de esta sociedad siguen teniendo las mismas preocupaciones, mismos vicios y virtudes, y una escala de valores medianamente razonable – incluso muchos “progres” recalcitrantes son gente honrada y firme defensora del valor del esfuerzo. Nadie quiere morir ni dejar a sus hijos morir. Lo que están es llevados por un ideal de justicia social hermoso pero irrealizable y de hecho muy contraproducente. Pero no son conscientes de ello, porque no son capaces de evaluar lo colectivo de forma objetiva.

Pero eso no es ninguna novedad. La mayoría de la gente es apta para dirimir sus asuntos personales y familiares con diligencia, pero muy poca es capaz de pensar con claridad en los asuntos colectivos y sociales. Por eso hablar de política siempre ha sido algo desincentivado incluso en los clásicos clubes de caballeros británicos; ni siquiera ellos con su británica flema eran capaces de hacerlo sin riesgo de acabar en las manos. Al evocar lo colectivo y su relación con el sujeto, el inconsciente despliega sus filias y fobias, sus angustias, miedos y rencores, convertidos en partidismos y una falta total de objetividad… La mayoría de los individuos no son capaces de poner freno a este torrente anímico, que en mayor o menor grado condiciona su capacidad de análisis racional e incluso, en el caso de los ideológicamente radicales u obsesivos, llega a desequilibrarlo emocionalmente en su adhesión a unas u otras posturas. El cerebro parece carecer de los mecanismos de regulación que sí aplica cuando centra su atención en tareas que no involucran a grupos de personas desconocidas o ajenas al entorno inmediato. ¿O acaso alguien ha visto una pelea por una ecuación mal resuelta?

Es decir, en la gran mayoría de las personas la parte racional del cerebro es capaz de plantear y afrontar problemas matemáticos y cuestiones sociales, pero con estos últimos hay mecanismos anímicos adicionales que se disparan simultáneamente en la mente e inhiben la capacidad de razonamiento, y dejan al sujeto a merced de esas filias y fobias inconscientes, más fácilmente moldeables por terceros que la razón libre de condicionamientos. Además, el resultado normalmente no será un original dechado de opiniones propias sino la adhesión ciega a puntos de vista ajenos, precocinados y socialmente aceptados en su grupo. Es decir, el sujeto pierde autonomía. Y es que se trata de mecanismos evolutivos de afiliación para facilitar que los seres humanos tendamos a formar grupos numerosos estables y así – en condiciones normales – aumentar la probabilidad de supervivencia de la mayor cantidad de individuos. Además, el modelo de organización grupal que parece haber prevalecido en la selección natural ha sido el jerárquico, en el cual alguien debe liderar el grupo; por eso hay un cierto porcentaje reducido de personas en los que estos mecanismos no se activan o lo hacen en menor grado, y son capaces de pensar con mayor objetividad sobre los asuntos colectivos. Unos tendrán a ser líderes políticos, otros a ser líderes intelectuales en el sentido de ser una referencia de conocimientos sobre política, historia y cuestiones sociales. Las primeras son personas pragmáticas capaces de diseñar estrategias sobre el colectivo, las segundas son capaces de elaboraciones teóricas. Unos y otros pueden o no ser honestos y objetivos, o fingir una falsa afiliación hacia unas ideologías u otras segun les otorguen el poder o sean una solucion mejor en cada momento, pero en todo caso son personas libres de los condicionantes psicológicos de los cuales la mayoría no es capaz de liberarse – o siquiera identificar en sí misma.

Estamos diciendo por tanto que sólo un porcentaje bajo de individuos son genéticamente aptos para gestionar o razonar lo colectivo, mientras que la psicología de la mayoría está diseñada para adherirse ciegamente a convenios y líderes. Y todo porque así se optimiza la probabilidad de supervivencia del conjunto.

Una explicación similar aplica al altruismo radical del “héroe”. Hay quien defiende que el altruismo verdadero no existe, que siempre nos sacrificamos por la compensación recibida a cambio. Pero eso choca con las evidencias, como la de los bomberos de Nueva York eb el 11S entrando en tropel en las Torres Gemelas en llamas mientras todo el mundo huía despavorido. La mayoría no haría eso ni siquiera llevado por la vergüenza del “qué dirán”, porque la contraprestación en forma de prestigio social que otorgan la valentía y el sacrificio no compensan un riesgo tan elevado de muerte como el de ese caso, así que el motivo no es la presión social. La explicación es evolutiva: los grupos en los cuales un cierto porcentaje de los individuos eran capaces de sacrificarse por los demás tenían mayores probabilidades de supervivencia como grupo. Son los individuos que actúan como cabecillas en la guerra, en la caza o ante un desatre, o a la hora de disuadir de un enfrentamiento innecesario. Así, la naturaleza ha favorecido aquellos genes capaces de dar una descendencia en la cual un cierto porcentaje es radicalmente altruista, dotadas de un valor, arrojo o generosidad inexplicable para el resto. Este porcentaje no debía ser ni muy alto, ya que un grupo repleto de héroes acabaría diezmado, ni tampoco demasiado bajo.

Del mismo modo, ha favorecido aquellos genes que estadísticamente daban lugar a un porcentaje muy alto de personas relativamente inválidas para razonar y gestionar lo colectivo sin dejarse llevar por condicionantes anímicos y sentimentales, y un pequeño porcentaje libre de este impedimento. De forma similar, hay un porcentaje de líderes innatos en la gestión de grupos de personas, mientras que las demás adoptan roles subordinados. Como hacen falta más gestores que pensadores sociales, más líderes en gestión que líderes intelectuales, los primeros son más numerosos que los segundos. 

Esto no es más que una extensión de cosas que todos sabemos: que no todas las personas son igual de habilidosas ni lo son en los mismos ámbitos, y que el ser humano tiene necesidad psicológica de vivir en sociedad, más o menos acentuada. 

Con esto quiero decir que la construcción de la psique humana está en parte determinada por la dimensión social de su entorno, no sólo por sus necesidades y capacidades individuales y de su entorno personal y material inmediato. El hombre no puede sobrevivir en solitario, y su psique está construída en consecuencia.Y la estructura de su mente ha sido siempre la misma, no ha cambiado ahora.

Pero entonces, si las personas siguen siendo las mismas, ¿qué ha cambiado para que ahora coincidamos en que esta sociedad está funcionalmente comprometida? Pues que esos mecanismos están siendo manejados por quienes se encuentran en la escala más alta del poder, que por algún motivo han decidido atacar nuestra sociedad, la occidental. Ellos son perfectamente conscientes del funcionamiento de la psique, que tienen bien estudiada y empirizada. Antes los grandes líderes funcionaban por instinto, pero ahora han sumado a sus recursos ciertos campos de la sociología como guía de análisis y la psicología conductista como guía de actuación, entre otras disciplinas. Sus herramientas son los medios de comunicación, la legislación, un grado alto de control de la economía, etc.

Una vez encontrada la tecla de los inconscientes, se puede jugar a placer con los cerebros. Se pueden guiar levantando ídolos, construyendo ángeles y demonios en quienes encarnar el bien que adorar y el mal que repudiar; se puede alimentar el miedo al rechazo, y el miedo al diferente y al que difiere, pero también al semejante y a uno mismo. Así pueden darle la vuelta al ecosistema y convertir la sociedad en un zoológico de animales encerrados en sí mismos que ya no saben reconocerse para vivir juntos: de leones veganos que se avergüenzan de su condición de carnívoros, de guepardos multados por exceso de velocidad, elefantes sin memoria, girafas cabizbajas y cebras coronadas como reinas de la jungla. Todo en este zoológico será una ficción, un espejismo conductista reversible, pero si en mitad de semejante engaño este conjunto es atacado por un enemigo común ajeno al mismo, es posible que los leones desheredados y las cebras indefensas no sepan plantarle cara a tiempo. Sería entonces el fin del ecosistema original.

Este engaño funciona por mucho que estemos en una sociedad con un nivel educativo sobrado como para que cualquiera, en un momento de lucidez, descartara los mantras progresistas por absurdos. De hecho, otra de las técnicas de quienes orquestan este engaño es la de invitar a hacer uso de la razón, y alimentarla con datos falaces y argumentos a media verdad, impregnados siempre de sentimentalismo, para condicionar y unificar las conclusiones a las que todo el mundo llega. Así determinan de antemano el resultado de cualquier conflicto que el propio inconsciente plantee, porque el inconsciente tiene también sus funciones de defensa y él mismo intentará acudir a la razón y al plano consciente para evaluar situaciones que identifique como comprometidas. Por eso existen periodistas como Jordi Evole o medios de comunicación como La Sexta, cuyos contenidos versan eminentemente sobre política: lejos de animarnos al debate, su objetivo es hacerlo ellos en nuestro lugar. Es aquéllo bien conocido de “pensar por ti”: orquestan una representación teatral entre opuestos supuestamente enfrentados para que el televidente difícilmente salga de sus argumentos, tenga donde elegir, y no busque otras respuestas fuera de las planteadas por ellos. Se trata de adelantarse a sus reacciones de defensa, y hacer que la poca razón que quede activa le diga al inconsciente: “Tranquilo, que todo va bien”. Y vuelta a dormir.
Una situación concreta

Pruebe usted a decirle a cualquiera que le deje 20 euros de propina al camarero por el café que le ha puesto, porque “no le llega el suelo y el pobre lleva trabajando todo el día”. Lo considerará desproporcionado, sabrá ver que un acto así jugará a favor de su buena imagen y que será agradecido por el beneficiario, pero también se preguntará si puede permitirse el dispendio o no, y si su generosidad tal vez haga esperar que las propinas así se repitan en el futuro. Además, normalmente sabrá decidir si quiere dejar algo sin sentirse presionado, y determinar cuál sería una cantidad razonable. Y lo hará porque el dilema que se le plantea no es social, sino personal. Los únicos involucrados son el camarero y él, además de usted metiendo cizaña.

Pruebe usted a decirle que le deje los 20 euros a unos voluntarios de un banco de alimentos para refugiados. Es probable que lo haga, o que al menos tenga que deshacerse en excusas y hacer mutis por el foro. ¿Por qué, porque lo han convencido de que es más justo ayudar a unos sí y al otro no? No. Porque ésa es una cuestión social, que no termina en la persona que tiene delante y él, así que en ese momento se verá enfrentado a los dictados y convenios del grupo. Si no lo hace los estará desafiando. Además, esto no necesariamente lo capta racionalmente sino que su decisión pasará a estar guiada por condicionamientos inconscientes, y éstos han sido adiestrados de manera conveniente para despertar aceptación entusiasta, o bien miedo al estigma social. Si le preguntas, las razones que te dará serán un calco de las que se pregonan en los medios, precisamente porque no habrán pasado por el filtro de un análisis racional propio. 

Frentes de la ingeniería social

Hablamos mucho de la estupidización de la sociedad. Lo estúpida que es la gente, debe de significar eso. Yo en cambio veo gente muy capaz pero con su talón de Aquiles vulnerado por un trabajo de ingeniería social. Podemos hablar de algunos de sus frentes de ataque, que son bien conocidos.
Desinformación: La prensa magnifica o minimiza la gravedad de los acontecimientos según convenga y da una información parcial, creando una percepción errónea de la realidad. Un ejemplo es el tratamiento informativo de las víctimas de la violencia de género, que a pesar de ser una tragedia estadísticamente son ínfimas; sin embargo, se anuncian individualmente y hasta con un contador, como bien observaba algún ilustre forero en internet, pero ningún medio recuerda que España es uno de los países con menos víctimas de la violencia de género del mundo. 

Condicionamiento psicológico: Aprovechando la buena fe y el idealismo de la mayoría de la sociedad, que desea una vida digna para sí misma y para los demás, y se crece frente al abuso y la injusticia, los manipuladores plantean todos los problemas sociales en función de oprimidos y opresores, víctimas y verdugos, buenos y malos. Se dirige también su ira contra los opositores que convenga (Putin), o bien contra enemigos intangibles (el capitalismo), y se fomenta el rechazo social contra los disidentes, diagnosticándolos como desequilibrados mentales y como malvados (ambas cosas al mismo tiempo). Asimismo, se hace creer que vivimos en un mundo hostil de gente malvada en el cual no se puede confiar en nadie. 

Destrucción de estructuras sociales de defensa: La gente con sentido común de nuestro entorno ya no merece nuestra atención, así que no escuchamos a los disidentes que haya entre ellos. Los sabios de la tribu son ahora los tertulianos de la tele y los columnistas de los periódicos. La libertad de expresión ya no es un mecanismo de defensa social, sino sólo un derecho individual para decir lo que a uno le venga en gana. Creemos que nuestras opiniones son igual de válidas que las de los demás, independientemente de si están igual de bien fundamentadas. Una educación menos exigente nos hace no ya más ignorantes sino también menos conscientes de que en cada campo hay gente mucho más capaz que otra, lo cual anula la jerarquía intelectual y, así, frena el aprendizaje, la maduración y la capacidad de adaptación de personas, grupos y el conjunto de la sociedad.

Fomento de enfrentamientos ficticios: Se desvía la atención alimentando divisiones entre ideologías supuestamente enfrentadas, creando mártires para cada bando. Ejemplo: se condena a la transexual Cassandra Vera por sus twitters jocosos sobre Carrero Blanco, pero también a los derechistas que entraron en la librería catalana Blanquerna interrumpiendo un acto independentista. Cada cual identifica así que el poder apoya al bando contrario, de modo que se refugia en el suyo y se radicaliza aún más.

Como individuos, los miembros de esta sociedad no son más “estúpidos” que antes, en el sentido de “capaces de razonar”. Sencillamente están siendo víctimas de esta manipulación, como en el pasado menos destructivas pero hubo otras, y que por cierto funciona prácticamente con la misma eficacia casi independientemente del nivel educativo académico de la persona.

Esta es una enfermedad artificial porque hay que mantener a los afectados continuamente expuestos al foco de la infección; hay que seguir alimentando continuamente la ingeniería social. La gente siempre se ha dejado influir fuertemente por el grupo, eso no es ninguna novedad. Si ahora repite mantras solidarios, sin un compromiso real detrás, tampoco es nada nuevo – total, antes tampoco tenía ni quería tener un entendimiento pleno de lo que coreaba, fuera más legítimo o no. Hemos ido a guerras y matado a nuestros vecinos en este país, contagiados por el fanatismo de nuestro bando. La única novedad es que ahora los actos del rebaño se dirigen a todas luces en contra de sus propios intereses, pero todos los mecanismos por lo cuales eso sucede son los mismos de siempre. Por tanto mi diagnóstico es que seguimos igual de enfermos o de sanos que de costumbre. La diferencia es que hay funcionalidades vitales seriamente comprometidas. Aprovechando nuestras características naturales, los poderes actuales nos han llevado a esta situación.

Estamos dirigidos por hechiceros y rodeados de hechizados, no por enfermos. Bastaría poco más que un chasquido de dedos para que despertaran.

Clasificación de los individuos frente a la ingeniería social
Yo hago la siguiente clasificación entre personas en función de su actitud y su papel ante la ingeniería social progresista:

Autores: Seguramente, distintos grupos de poder supranacionales. Poseen o financian grupos políticos, medios de comunicación, activistas sociales, actividades académicas y artísticas, grupos violentos, planifican y crean las condiciones para enfrentamientos bélicos, ordenan magnicidios, etc.

Ejecutores: Muchos periodistas, políticos, un cierto porcentaje de activistas, etc. Son quienes dirigen la agenda y sus colaboradores conscientes de serlo. Conocen su contenido y seguramente buena parte de sus consecuencias. Tal vez haya algunos que crean que sus fines son loables (pero personalmente no acierto a comprender sus motivos).

Enfermos: numerosos activistas endófobos, feministas radicales, etc. En muchos casos, su fuerte complejo de inferioridad ha derivado en patologías psiquiátricas, para las cuales han encontrado refugio en los mantras progresistas que propugnan el odio a su sociedad, tras la cual subyace el desprecio hacia sí mismos.
Falsos engañados : Ver el siguiente grupo.
Engañados: Personalmente, creo que aquí está el grueso de la población declaradamente progre. Hay gente políticamente activa que actúa de buena fe pero que se ha dejado llevar por las promesas de una sociedad más justa. Cabe no obstante preguntarse hasta qué punto el engañado se deja engañar, es decir, hasta qué punto sigue la corriente a las ideas políticas de su entorno sabiendo que en parte todo es un teatro (falsos engañados). Estos últimos lindan con la categoría de enfermos, y el origen de su afección es el mismo antes descrito, o bien la necesidad de culpar de sus fracasos a una sociedad injusta. Para argumentar que es injusta recurren a señalar los casos de oprimidos más o menos flagrantes, pero su intención no es ayudarlos sino justificar su postura y buscar consuelo a su ego.
Pasivos y pasotas: Aquí está el otro grueso de la población. Muchos son más o menos conscientes de que la prensa está plagada de falacias, y en algunos países son capaces de votar contra lo pronosticado a poco que alguien termina de abrirles los ojos.
Disidentes: Son aquéllos que han sido capaces de abrir los ojos y que en mayor o menor grado son plenamente conscientes de la existencia y peso de una ingeniería social orquestada, de la existencia de grupos de poder con una capacidad de manipulación extraordinaria a través de prensa, política y finanzas. Algunos de estos disidentes reman a favor de quienes tratan de defender, otros en contra sin saberlo. Muchos serían líderes en una sociedad funcional, y suele ser gente intelectualmente despierta, autónoma y poco temerosa. Pero también hay quien aterriza en la disidencia llevado no por inquietudes legítimas sino por fobias que chocan con el adoctrinamiento imperante en el momento, como por ejemplo, racistas viscerales que se refugian en ideologías de por sí legítimas pero que se prestan a reinterpretaciones con las cuales justifican su fobia racial.
Análisis incorrectos, hipérboles injustas, generalizacions y derrotismos

Copio aquí fragmentos del artículo de La Tribuna del País Vasco para hacer comentarios a cada uno.

¿Cuántos de estos “generosos” y “solidarios” se han ofrecido a acoger a un “refugiado” y costear su manutención durante el tiempo necesario? La respuesta es: ninguno

Desde luego, entre los “ejecutores” y los “falsos engañados” no verá usted a nadie que acoja, pero de entre los engañados sí. Suecia es un ejemplo de acogida de refugiados en el seno de familias autóctonas, con las lamentables consecuencias para muchas de ellas. Y si las autoridades pusieran el mismo empeño en lanzar estos programas en Barcelona, estoy seguro de que bastante gente se apuntaría a ello.

Vivimos en un mundo dominado por la cultura de las apariencias, la superchería. La simulación, la representación y la exhibición substituyen la acción real. Con aparentar, con declamar buenas intenciones ya se ha cumplido…

Como se desprende de lo anterior, esto es cierto sólo en parte. No aplica a los engañados.

Pero dejemos este aspecto de la cuestión de momento, ya que la autenticidad o la falsedad que anima ese movimiento no cambia en sustancia gran cosa a lo principal. Estamos frente a un trastorno sicológico y moral: en definitiva, ante una auténtica enfermedad.

No estoy de acuerdo: los síntomas son nuevos pero no hay alteración de la fisiología, que es la misma de siempre. Sólo hay un manejo distinto del paciente.

En cualquier caso, analicemos lo más objetivamente posible no ya la manifestación de ese día, y las que vendrán en días venideros, sino todo el conjunto de esta sociedad española que se muestra enferma de solidaridad. Porque la solidaridad, entendida así, no es una virtud moral, sino una enfermedad suicida que nos lleva a la destrucción.

De nuevo sólo parcialmente correcto. La mayoría de la población se mantiene al margen. Son engañados pero pasivos, y de hecho en muchos casos no cuesta mucho abrirles los ojos a poco que se habla con ellos.

Lo primero que viene a la cabeza al ver este tipo de manifestaciones como la de Barcelona es que allí se unen gentes de ideologías políticas o religiosas diversas y hasta contrarias, o incluso contradictorias. ¿Qué lleva a estas personas a elegir la destrucción del futuro de sus hijos?

Esto ocurre porque, como indicábamos al hacer la clasificación, la reacción ante la ingeniería social no va en función de la ideología o religión (máxime cuando la ideología o religión son un elemento decorativo) salvo para ideologías “proscritas”.

Las gentes que participaron en esa manifestación lo hacían presuntamente por ansias de solidaridad. Curioso que esas mismas personas no se interesen -ni se manifiesten, por supuesto- pidiendo pagas dignas para los jubilados que se han pasado su vida trabajando duramente para verse luego en la vejez abandonados…

Creo que esto es desacertado a todas luces. Yo opino que esa manifestación estaba repleta de gente de buena fe que honestamente busca un mundo mejor. Si mañana se destinaran los mismos medios a convocar una manifestación a favor de esos ancianos, tendría el mismo seguimiento. Y cuando digo “destinar los mismos medios” me refiero también a que no se desplegaran los medios destinados a atacar tal propuesta. Sí es cierto que, sin embargo, hay un rechazo hacia aquéllos que se adueñan del dinero público, es decir, un instinto de protección de los recursos propios, y al mismo tiempo una resignación a que éstos sigan siendo esquilmados. Y como nos vemos víctimas de nuestros lideres politicos, identificamos a cualquier supuesto oprimido también como víctima de ellos, con lo cual contará con nuestras simpatías sin pararnos a analizar su caso y si también esquilma nuestros recursos. Otro contrafuerte en esta construcción de ingeniería social.
Sí, ha leído usted bien. Muchos progres son buenas personas (grupo “engañados”), y otros son cobardes (grupo “falsos engañados”) que siguen la corriente imperante en su entorno. Corean sus bonitos mantras más fuerte que nadie precisamente porque no creen en ellos; suelen ser egoístas en su entorno personal, con lo cual su entorno sabe que sus palabras y actos no cuadran, y los azuza el miedo a que su farsa se haga evidente.

Imaginemos el hipotético caso de una familia que, como no puede dar de comer a los hijos de su vecino y a los suyos, decidiera dejar morir de hambre a sus hijos para poder alimentar a los del vecino. Si el tema llegara a la prensa, muchos padres y madres se escandalizarían de que alguien decida dejar morir a sus hijos dando su comida a otros niños. Seguramente los servicios sociales les retirarían la custodia. Aunque los padres se defendieran argumentando que lo hacían por solidaridad, la condena social sería, con total seguridad, unánime. Sin embargo, cuando esto mismo se hace a nivel social, cuando un pueblo se desentiende de sus vecinos, de sus paisanos, de los jubilados, de los parados, para acoger a otros… ¡eso es solidaridad, de la buena y verdadera! Lo condenable ha pasado a ser lo encomiable. La sitemática inversión de los valores es el signo inequívoco de la decadencia de las sociedades.
No estoy de acuerdo. Este comportamiento no es fruto de una inversión de valores consciente y razonada, sino del engaño evidente del que hemos hablado. Este error de análisis se comete porque damos por sentado que todo el mundo tiene la misma capacidad para razonar en el nivel colectivo que en el individual, cosa que es falsa. Es normal sentirse indignado por esta actitud, pero es casi como indignarse porque una persona con retraso mental no sabe hacer una integral básica.

…los buenistas se olvidan de muchas cosas porque su enfermedad mental les hace vivir en un mundo utópico y de fantasía que ellos creen real. Tampoco con ellos se puede razonar: no viven en esta realidad.

De acuerdo con esto.

Los medios han contribuido enormemente a pervertir el concepto de solidaridad. Primero, se ha sobrevalorado la solidaridad como la meta y el fin más deseable de todos los fines y metas. Ser solidario es “lo más”. Aunque la solidaridad no pasa de ser una cuestión moral, un valor: se puede elegir ser solidario (y en ese caso, con quién o quiénes) o ser insolidario. Ninguna ley puede obligarte a dedicar tu tiempo o tu dinero a la lucha por la supervivencia de la foca ártica o la reproducción del caracol camboyano, por poner dos ejemplos. Elegir una causa u otra en la que volcar nuestro tiempo o nuestro dinero es algo voluntario que depende de nuestra formación, nuestros valores religiosos o éticos, nuestra personalidad, nuestro entorno…. Es algo elegido y elegible, particular por tanto. Sin embargo, por obra y gracia de los medios, ser solidario pasa a ser, de algo personal o particular, a un tema social con dimensiones diferentes. Lo que era una elección por tu parte ahora pasa a ser cuestión de “justicia”: ser solidario ya no es una opción, es casi una obligación a cumplir nos guste o no, como pasa con la ley.

Aquí de nuevo los ingenieros sociales van dos pasos por delante, y recurren a una cualidad muy valorada en cualquier cultura y muy difícil de atacar por los disidentes sin ser moralmente defenestrados: la solidaridad.

Ser solidario es una característica altamente valorada en cualquier cultura; otra cosa es la generosidad como germen de la jerarquía moral y social (algo rechazado por algunos pueblos “primitivos” como explicaba por ejemplo el antropólogo Marvin Harris en su entretenido librito “Jefes, cabecillas, abusones”). Precisamente hemos hablado del altruismo y su explicación evolutiva, y esto tiene cierta relación pero no es lo mismo. La solidaridad es un mecanismo mucho más común que el “altruismo radical del héroe”, y no implica anteponer al otro frente a uno mismo hasta las últimas consecuencias, pero sí supone una empatía y un esfuerzo loables.

De nuevo la ingeniería social hace a todos los miembros de la sociedad depositarios de capacidades que no todos poseen, así que deben simular tenerlas si no quieren perder estatus moral; igual que fomentan que todo el mundo exprese su propia opinión política (para así diluir la opinión de los pocos intelectualmente dotados y psicológicamente capaces de ser objetivos), también fomentan que todo el mundo sea solidario. En principio no piden más allá de un esfuerzo pequeño y razonable (“un euro al día”, rezaba una campaña), pero aquí el resto del trabajo lo hacen el ego y la llamada “capacidad de agencia” propios de la sociedad liberal posmoderna. Es decir, la necesidad por demostrar que uno es dueño de sus actos y decisiones, que salen de uno mismo sin dejarse influenciar, y por no quedar rezagado, es decir, el “no puedo ser menos que los demás”). Esto es lo que transforma algo que debería ser una mera tarea colectiva (porque salvar el mundo es como fregar los cacharros) en una competición moral totalmente absurda por ser el más solidario. Algo análogo sucede cuando se compite por ver quién es el más feminista. Esta competición da lugar a un ranking moral, y por supuesto a descalificados y descalificaciones. Por supuesto, como del dicho al hecho hay un trecho que la mayoría no va a andar, lo dicho se dice en voz cada vez más alta y con más espasmos y gesticulaciones.
Mientras tanto, muchos de los cooperantes desinteresados que viven en países tercermundistas son cualquier cosa menos progres.

Esto se ve claramente si preguntamos a alguien qué es lo peor que puede ser una persona. Probablemente no responderá “asesino de ancianas, torturador de inocentes, violador de niños…”. No. Es más probable que diga que lo peor de lo peor es ser intolerante, xenófobo, neonazi, racista, insolidario. –

Cae por su propio peso que esto es incorrecto. Este es el mantra que se trata de inculcar, pero en la gran mayoría no ha calado. Lo que sí es cierto es que para los clasificados dentro del grupo de enfermos y para muchos de los falsos engañados, sus enemigos no son los asesinos ni los violadores, sino los disidentes de ideologías opuestas a la suya.
Obligaciones del disidente

Es normal que el disidente reaccione con indignación contra el conjunto de los progresistas por su comportamiento incoherente y su defensa suicida de ideales irrealizables a costa de la destrucción de lo propio. Pero hay que ser capaces de mantener la claridad de ideas y no dejarse arrastrar por la propia sinrazón y las urgencias, y evitar caer en la falsa disidencia de aquél que difiere del sistema sólo porque su propio fanatismo le impide comulgar o simular que comulga con el fanatismo colectivo imperante.

 

Resumen

• El ser humano no puede sobrevivir en solitario, y su cerebro está construído en consecuencia.
• Los grupos humanos son jerárquicos: sólo un porcentaje pequeño de individuos son aptos para gestionar o razonar lo colectivo con objetividad, y tenderán al liderazgo, mientras que la psicología de la mayoría es incapaz porque está diseñada para seguir a esos líderes.
• Esa incapacidad consiste en que, cuando fija su atención en asuntos sociales ajenos a su entorno inmediato, la persona experimenta una inhibición de su capacidad normal de raciocinio por mecanismos inconscientes de afiliación. El partidismo y las filias y fobias ideológicas – igual que las religiosas – son producto de estos mecanismos de supervivencia destinados a agrupar y a fidelizar al individuo en el grupo. Este es el motivo por el cual, dicho de otra forma, cuando piensa en política la mayoría de la gente es incapaz de separar razón de sentimientos. A ello se suman otros mecanismos bien conocidos como el miedo a la exclusión social y otros.
• La mayoría de las personas no quieren morir ni dejar que sus hijos mueran. Sencillamente, no se puede evaluar ni juzgar su comportamiento frente a las cuestiones colectivas igual que se juzgan frente a las cuestiones personales, como si estuvieran libre de estos mecanismos psicológicos y todos pudieran razonar objetivamente en ambas esferas. Son fisiológicamente incapaces de ello.

• Estos mecanismos no son diferentes en nuestra sociedad respecto a otras. Sencillamente están siendo utilizados en contra de sus propios intereses, a través de un intenso despliegue de medios y de una ingeniería social lo suficientemente sofisticada como para minimizar el riesgo de reacciones defensivas de la psique individual y colectiva.

• El disidente tiene como obligación actuar conforme a su buen juicio sin dejarse llevar por la animadversión ni hacer generalizaciones injustas y reproches ciegos contra la mayoría manipulada.