Hiperinflación del ego machista y feminista

Leo este comentario en eldiario.es:

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No mola examinar tu propio pasado y recordar actitudes y conductas que, vistas desde el ahora, son inequívocamente machistas. Y no mola porque cuestiona, directamente, tu identidad. No es un problema de buenos y malos, es un problema cultural: la hiperinflación del yo, fruto de la modernidad. Somos auténticos yonkis de la capacidad de agencia (que traduce, a términos psicológicos, la meritocracia neoliberal) y ciegos y sordos a la importancia del contexto cultural, de las situaciones fuertemente estereotipadas, como la del vídeo… o la de alguien a quien se le señala que una actitud suya es machista. La reacción es casi siempre la misma: no, yo no. El antifeminista suele poner pies en pared con las generalizaciones o con la naturaleza socialmente construida de la realidad. Es decir, se disgusta con las atribuciones colectivas, que diluirían su responsabilidad personal, y se aferra a las explicaciones individuales, que lo señalan sin remedio. En una sociedad machista, haber tenido actitudes machistas es poco menos que inevitable, mientras que si niegas que esta sociedad sea machista, pues ahí estás tú solito, como único responsable de lo que hayas dicho o hecho. Tal es la sugestión de que el yo es todo lo que tenemos. Y sin embargo es impensable que de la opresión y de la violencia contra las mujeres seas responsable únicamente tú. Sensu contrario, es imposible que sean responsables todos (y todas) menos tú. La solución a los problemas que afectan a las mujeres no puede estar por entero en tus manos. Sensu contrario, es imposible que no haya algo que sí puedas hacer. Al tiempo que estás negando toda responsabilidad (no, yo no) estás negándote toda capacidad de agencia. De nuevo, la paradoja de la identidad: para defender nuestro sagrado yo somos capaces de negarlo por completo. La posmodernidad trajo una buena respuesta a la paradoja: soy las preguntas que me hago sobre quién soy. El feminismo es una serie de preguntas que las mujeres se han formulado a sí mismas: es feminista quien se las hace.

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Mi respuesta:

#395 Gregoriano | 18/03/2017 – 01:50h
fb_100004319676493 | 17/03/2017 – 00:42h

Entonces, según el modernismo yo soy el ombligo, y según el posmodernismo yo soy las preguntas que me hago sobre mi ombligo… Pues sí, seguramente sea así, y ambas cosas dan idea de lo limitado del alcance de ambos, y del atajo al mismo sitio que es el posmodernismo.

Dicho lo cual, veo acertada buena parte de su análisis. Creo cierto que si al machista arrepentido le cuesta admitir que “yo tenía tales actitudes porque eran las que predominaban entonces” es porque estaría admitiendo que se dejó llevar por digamos “falta de personalidad”, algo que en la modernidad, que gira alrededor del yo y sus ímpetus, es sinónimo de autodegradación.

Sin embargo, precisamente el feminismo actual es quien explota de manera más intensa esa hiperinflación del yo, pero no del yo activo que decide y actúa, sino de un yo impotente e hipersensible, hiperofendido, hipervictimizado, y que vive de espaldas a la comprensión de lo colectivo: de los usos culturales y de cómo éstos han tratado, no sin atropellos, de lidiar con las virtudes y miserias de la naturaleza humana. Este feminismo virulento lleva al extremo la obsesión por una capacidad de agencia siempre menoscabada o amenazada:

“Para conseguir lo mismo una mujer tiene que demostrar el doble”.

“Mi cuerpo, mis decisiones”…

También lo hace invirtiendo la carga: “La culpa es del heteropatriarcado”, “Revisa tus privilegios” (es decir, si no tengo mayores logros es porque la sociedad machista está contra mí).

Y no digo que no tenga razón en estas reivindicaciones, sino que ése es el mecanismo que explota para medrar entre las (pocas) mujeres que se adscriben a él. Creando enemigos a su yo acrisolado, este feminismo ha llevado la hiperinflación del yo al delirio paranoide.

En resumen:

El machista arrepentido: “Niego mis desaciertos, no sea que parezcan condicionados por la sociedad”.

La feminista actual: “Niego mis desaciertos porque están condicionados por la sociedad”.

Y es que el problema de la posmodernidad es que yo no puedo encontrar mi ombligo si no me miro en los cuerpos de otros.

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