El costalero liberado

España es una subida al Calvario con la cruz a la espalda y un vino en cada terraza. Somos diecisiete costaleros descoordinados, una algarada de don Carnales grapados a unas tablas. Hemos hecho juntos un largo camino, de tasca en tasca entre trecho y trecho, bajo los flagelos de centuriones propios y de ajenos. Y en este punto del recorrido, uno de nosotros se ha girado, ha apartado su cruz y se ha plantado:

“Ya no quiero seguir a vuestro lado, aquí queda este peso. Mi destino es otro: soy diferente”

A decir verdad, el compañero venía resoplando quejas desde hacía tiempo. Los demás nos lo tomábamos como una parte más de la penitencia. “Mis maderas”, lamentaba, “son más difíciles de arrastrar que las del resto”. “Además, algunos apoyáis las vuestras sobre las mías, y de los continuos empujones y codazos siempre me llevo la peor parte”. Por su lugar a un lado del grupo, él queda más cerca de los extranjeros que nos rodean, que suben y bajan sin lastre por sus calles iluminadas de adoquines. Por eso, cada dos por tres nos anuncia una exigencia: renegociar su estatus.

Nunca hemos sabido lo que significa eso. Podemos dejarle algo más de espacio o ropas más cómodas, pero si le ha tocado andar entre nosotros él también tendrá que subir su cruz. Y así, tras cada amago siempre ha seguido adelante, a cuestas con sus razones y sus refunfuños.

Los tramposos que apoyan su peso de soslayo sobre el hombro de otros, o que nos vacían los bolsillos con sus manos desocupadas, no son los mejores compañeros de viaje, pero al menos siguen a nuestro lado. El camino es inclinado para todos, y sus maldades nos irritan y nos dan mucho que hablar mientras andamos, pero al final quedan atrás, olvidadas tras unos pasos. Lo mismo sucede con los protestones y criticones, que les ponen pegas a las cuestas arriba, a las cuestas abajo, y hasta al mejor vino en los momentos de relajo. Otros son profetas suicidas que suben buscando barrancos y nos queman las cruces para hacer cenizas, y de las cenizas nos hacen cruces nuevas. Y, así como algunos forman un pelotón recio y militante, hay quienes marchan a su aire pero se saben cercanos. Sin embargo, esto de ahora es otra cosa: uno de nosotros renuncia. Tras declarar que se siente diferente, ha querido anunciar que, aún así, “nos sigue respetando”, y también que “espera conservar las relaciones de amistad para beneficio mutuo”.

Cuando nos habla así nos desconcierta. ¿A qué relación se refiere? El vínculo entre nosotros poco tiene que ver con la amistad o el respeto, y apenas con el beneficio. Claro que habrá buenas relaciones si se marcha – si es que eso le es posible – pero ¿cómo podría ser lo mismo? Significará que no entiende el empeño que nos une. Que desprecia nuestra forma tozuda de andar el camino. Que nos toma por malos en vez de tercos. Dejarnos no es estar contra nosotros, pero sí borrar sus huellas de entre las nuestras y negarse a pisar las que lo esperan. Porque, para quien ya lo ha conocido, no queda otro camino que el de la cruz y el vino. ¿O acaso sabe éste igual sin la amarga madera?

Por eso esto no es como quien se apea del Club Europeo de la Sagrada Papa, por respetable que sea la patata. Ni siquiera de la Cofradía Italiana del Santo Fideo. Nuestra unión es una iglesia inexplicable, un encaje milagroso de esfuerzos sin medida y contrafuertes disparatados, columnas sin carga y arcos sobre el vacío, de bóvedas fuera de plano levantadas por dos manos, de púlpitos de arena, santos en los confesionarios, en cada altar un cadáver y el Cristo en los trasaltares, un puzzle de Judas con Pedros, Magdalenas y Barrabases en el que el conjunto se mantiene firme contra todo pronóstico. Ante este edificio no hay arquitecto que valga, ¡nadie tiene más tablas que los albañiles de esta geografía humana! Si hemos hecho esta pirámide de piedras vivas, ¿quién puede caminar mejor ladera arriba?

Somos los apóstoles de nuestras tablas, y debemos llevarlas hasta la cumbre a tiempo para el hombre nuevo, porque son ascua y son lumbre, y serán andamio, esqueje y riego. Por eso, ¿dónde va un costalero sin su cruz ligero? Se hará la noche en sus calles por más lámparas que encienda, porque la Luz hace el relieve, pero el camino es ciego.

Cuando ha echado el alto, apartado su carga y erguido su espalda encorvada, las reacciones entre nosotros han sido muy distintas. Los más misioneros le han reprochado su falta de disciplina para mantenerse humilde. Algunos lo han amenazado exigiendo que volviera a su cruz, y han emprendido una persecución inútil con las suyas a cuestas. Mientras otros proseguían su paso resignado, los de más allá lo han instado a continuar prometiéndole que el repecho pronto acabaría, aunque sus caras no se mostraban convencidas. Y los suicidas han celebrado su decisión pero no han sabido soltar sus leños para aplaudir.

En su primera noche tras dejar el grupo, el costalero liberado se ha sentado a cenar y a beber con hombres extraños. Después se ha hospedado en una quinta. No le ha importado el precio de la habitación. Ha subido pesado la escalera y, al echarse sobre su cama, lo han golpeado un lecho frío y un dolor profundo. Y en un costado se ha descubierto, rebrotadas, astillas vivas de su cruz abandonada.