Joker

Advertencias:

  1. Se recomienda volver a ver la película o tenerla reciente antes de leer este texto.
  2. Se recomienda no leerlo. Ya ha entendido todo lo que dice y más, aunque sea subliminalmente.
  3. Este texto no sigue el mismo orden que la película, sino que se mueve atrás y adelante en bloques a veces ordenados y otras veces inconexos, y que vuelven repetidamente sobre cada escena y argumento.

1

El cuento, antes de leerlo

El humorista es el actor que más se expone, porque la risa es, junto al enfado, la respuesta más sincera, instantánea y fácil de medir. Si un actor interpreta una tragedia y no hace llorar, siempre podrá alegar que su público reprime la emoción que le transmite su trabajo, o que no lo entiende. Pero si no hace reír no tiene excusa. Antes de ser Joker, Arthur es un humorista sin gracia, un actor sin talento incapaz de sintonizar con el público. Entonces lo que hace es cambiar de registro para provocar emociones a toda costa: despierta la codicia lanzando billetes sobre las masas, agita el miedo disparándoles a quemarropa… manteniendo siempre la sonrisa para decir que todo es parte de su número.

Eso es lo que yo creía que representaba Joker, antes de ver JOKER.

A lo mejor me equivocaba porque me basaba en la única película que había visto donde él saliera, la de Batman de 1989, o porque no he leído sus cómics ni sus análisis. Tampoco lo he hecho ahora y seguramente haya sido un acierto, porque esta película parece autocontenida y porque además se puede ver de muchas maneras. Cada una de las tres veces que lo he hecho ha sido distinta, entre otras cosas porque iba escuchando a otras personas y a la vez siguiente sus impresiones cambiaban la mía.

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2

El ping y el yang

Joker no es una metáfora del mal actor. No trata sobre la voluntad de poder, su moral o estrategias. La película no lo acusa de tener poco talento: eso lo presenta como una condición, una forma de ser. No es que sea mal actor, es que no puede actuar. Su personaje es él mismo, y no se pone máscara ni va cambiando de personalidad durante la historia. Ni siquiera es él quien se pone el nombre, sino Murray:

-¿Quieres que te presente como Joker? ¿Tienes algún problema con tu nombre?

-No, así me llamaste tú.

El simplemente recoge el guante que le lanzan otros, como cuando la vecina le hace el gesto de pegarse un tiro y él lo repite. Desde pequeño ha sido visto como una persona que se ríe mucho y que nació para regalar sonrisas, y ha acabado trabajando como payaso y queriendo ser cómico. Todo lo hace por responder a lo que interpreta como posibles mensajes hacia él, esperando que le devuelvan el ping. Joker no busca una audiencia para triunfar, sino al revés, el triunfo sería la excusa para llegar a las personas. Por eso acaba recibiendo los halagos y el abrazo de Murray fuera de antena cuando se imagina en su programa como parte del público. Quiere que él lo conozca y le muestre su afecto, no los telespectadores: ¿qué aspirante al triunfo mediático soñaría con salir en la tele y de pronto metería una pausa publicitaria en mitad del sueño, en vez de seguir recibiendo aplausos y luciéndose ante las cámaras? Joker es fruto de la necesidad de comunicarse y ser comprendido, algo que sólo es posible estando frente a la otra persona y que además, para alguien con sentido común, requiere de la honestidad de ambas. Y si falta ese ingrediente por él no será. Vive en una sociedad hipócrita que lo agrede sin miramientos mientras mantiene las falsas apariencias, y sin embargo cuando corresponde es capaz de juzgar con mesura y sin ánimo de venganza, y no reacciona contra quienes sencillamente lo atacan o no empatizan con él, sino contra los que se comportan con vileza: al principio de la película unos chavales le quitan el cartel y le dan una paliza, pero los disculpa ante sus compañeros de trabajo diciendo que “sólo eran sólo unos chavales”. Algo que contrasta con la decisión con que persigue al tercero de los ejecutivos del metro hasta acabar con él en las escaleras. Joker no ha cambiado un ápice entre medias, como demuestra el que más adelante deje con vida y trate amablemente a su noble compañero enano. “No he sido feliz ni un minuto de mi vida”, lamenta en otro momento. En él veremos la felicidad aparecer fugazmente, en instantes que no suman el minuto. Porque, además de sufrir pisotones, no ve más que ruindades a su alrededor: es muy consciente de ellas y son algo que le duele, como cuando llora a carcajadas al ver a los tres abusones molestar a la mujer en el metro. Las patadas que recibe sólo son la consecuencia lógica de una maldad generalizada, y la respuesta coherente por su parte será la violencia contra ella. Joker es sencillamente una persona maltratada que busca ser comprendida pero que, al contrario que otras, no se engaña y no pasa por alto que las relaciones entre las personas están necesariamente ligadas a su decencia. Para él no hay excusa ni código social que justifiquen otra cosa, ni es lícito emplear el humor como medicamento para pasar el mal trago de sobrevivir. Su exigencia es absoluta, por eso no perdona a ninguna de sus víctimas, que antes siempre fueron verdugos.

Escribe en su diario:

Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras”

Traducido:

“Lo peor de tener honestidad es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras”

La falta de comprensión que sufre Joker cuando se ríe en vez de llorar representa la extrañeza de la gente cuando se encuentra con alguien que, contra todo pronóstico, se comporta de manera íntegra en una sociedad en la que se ha perdido la decencia. Su enfermedad es el empeño en mantener la virtud en un entorno tan desfavorable para ella.


3

A pesar de que su risa moleste a todos y sea la primera causa de no ser comprendido, Joker no ha perdido la esperanza de ser cómico, que significa que espera aprender a presentarse ante los demás y cambiar su reacción negativa, en vez de adaptar su forma de ser a la de ellos. Pero llega a un punto en que quiere dejar de sufrir ya, y él, que siempre ha intentado vivir, flaquea en tal empeño y acaba por querer suicidarse en el programa de Murray. Ensaya para la ocasión y, ya en plató, justo antes de hacerlo vuelve a leer en su diario una frase que ya habíamos visto encabezar esta intención:

No imagino que la muerte me traiga más dolor que la vida.

Está decidido y empieza a contar su chiste suicida (…toc, toc…), pero la maldad se cruza en su camino una vez más, en este caso las repetidas burlas con que Murray lo interrumpe. Ante ella, se apodera de él una voluntad muy superior a la de dejar de sufrir, una fuerza que lo lleva a actuar con total beligerancia. Arranca entonces una rápida escalada de violencia: el chiste de mal gusto, la orgullosa confesión de su crimen, y la artillería de argumentos con que arrincona a Murray y a su estúpido público. No hay manera de pararlo porque no hace concesiones a la hipocresía ni el chantaje emocional. Una vez sacadas las ratas de sus trincheras, sólo le queda ejecutar a la más gorda en cuanto asoma la cabeza:

-TÚ eres horrible, Murray. ¡¡PAM!!

Hay cosas que uno no puede dejar sin hacer antes de irse a la tumba, y muchos los cabrones a los que llevarse.

Saltando atrás y adelante volveremos mucho a esta escena.


4

La madre de Arthur vive creyendo lo que dice la televisión, y está convencida de la generosidad del Sr Wayne, igual que la sociedad biempensante de Gotham. A Arthur lo llama Happy, como si no supiera que de happy no tiene nada. Pero todo acaba siendo fachada incluso en ella, que calla los abusos que permitió contra él cuando era pequeño y parece faltar a la verdad cuando dice que Wayne es su padre. Joker en cambio sólo es capaz de ver y decir las cosas como son. No es que sea un ingenuo o no sepa mentir, pero casi está condenado a la transparencia: por ejemplo, cuenta alguna mentirijilla cuando los dos detectives lo interrogan junto al hospital, pero a continuación se da de bruces contra la puerta de cristal de salida. Que su diario sea también su cuaderno de chistes significa que no distingue entre la realidad y la ficción. No concibe que uno pueda contar una versión de las cosas distorsionada o sacada de contexto, aunque sea para hacer reír. Si quiere ser cómico es porque ha visto que los humoristas son capaces de emocionar a las personas, que son con quienes quiere conectar. Pero al tratar de imitarlos, como lo que quiere es ser comprendido y no la fama ni el poder, sólo se sabe presentar tal y como es y hablar de la realidad sin filtrarla, al contrario que los humoristas, que emplean el humor para evadirnos de ella. Por eso cuenta chistes que nadie quiere oír, o los lee directamente de su diario:

“De pequeño odiaba el colegio. Mi madre me decía que tendría que ganarme la vida, pero yo le decía que no porque iba a ser cómico”, sólo acierta a explicar ante el micro en el club Pogo´s.

Está hablando de sí mismo, y de paso diciéndonos que él nunca ha querido entrar en el juego de vender la verdad por un beneficio. El resto del monólogo y las risas de los presentes son sólo producto de su imaginación, igual que el paseo con su vecina.

El programa de Murray se llama Así es la vida, pero la vida no es como la cuenta Murray. Cuando se imaginó entre su público, Arthur también se describió tal y como es:

-Vivo en la ciudad con mi madre. Ella siempre dice que nací para regalar sonrisas.

Al emitir su pobre actuación en el club de monólogos, Murray dice burlonamente:

-Mirad, éste se cree que puede hacer mi trabajo. Piensa que sólo con salir a escena y reírse ya resulta cómico.

Es decir:

-Mirad, éste se cree que puede mostrarse como es y decir la verdad.

Habrase visto… como si a la masa se os pudiese contar las cosas. Más adelante, ya en el plató como invitado, Joker sigue contando episodios reales o propios de la cruda realidad, hilvanados con exquisita coherencia. Tras ver su suicidio interrumpido por Murray, nos deleita con lo que parece un chiste de mal gusto:

-Toc, toc, ¿quién es? Señora, a su hijo lo ha atropellado un conductor borracho jajaja.

Es de mal gusto porque no es un chiste sino una noticia, un episodio que podría ser real y haber sucedido. Joker tampoco se estaba riendo, pero ante la desaprobación general, dice:

-Yo me río de lo que quiero, ¿tú no decías siempre que la comedia es subjetiva?.

Es decir:

-Yo tengo mis propias opiniones, ¿tú no decías siempre que la verdad es subjetiva?

Al contrario de lo que parece, verdades hay muchas, cada uno tiene la que considere. En cambio mentiras sólo hay una, la que impone el poder, que encima nos hace creer que pensamos [reímos] por nosotros mismos cuando lo hacemos al unísono con las ideas [las risas] de un público enlatado.

La doctora invitada le responde:

– Eso no se puede contar, no es el tipo de humor que hacemos aquí.

Que significa que allí esa verdad no se puede contar.

-¿Ah, no? Pues yo maté a esos tres del metro (otra verdad).

– Ehm… ¿y cómo termina el chiste?

– El chiste es ése. No hay ningún chiste.

El anterior tampoco lo era, Joker no cuenta chistes.

-¿Estás diciendo que matar a esos tres jóvenes tiene gracia?, le pregunta Murray.

Y entonces se desata la discusión, en la que Joker permanece en calma porque, aunque parezca un intercambio de reproches, por su parte sigue siendo una descripción objetiva de las cosas, en este caso de la deleznable sociedad en la que se ha convertido Gotham. Las réplicas del presentador y sus invitados no tienen sentido, así que no surten efecto en una mente que es estrictamente lógica:

-Con tu discurso sólo estás tratando de disculparte por haber matado a esos tres tipos, le echa en cara, cuando él claramente está convencido de haber hecho lo correcto, y tampoco tiene miedo a las consecuencias, de modo que no hay motivo para disculparse.

-No dejas de autocompadecerte.

Agua también. Arthur jamás se autocompadece. Si no le hubieran interrumpido ya se habría suicidado. A lo largo de la película, cuando se dirige a los demás nunca lo hace quejándose: por ejemplo, cuando va en el ascensor con su vecina y ella le dice que el edificio es una mierda, él no responde, pero en cambio sí que repite su gesto de pegarse un tiro, porque es una forma de decir lo mismo pero sin lamentarse. Por eso de hecho lo exagera y lo hace más cómico. También sabe pasar por alto la agresión de los chavales en vez de llorar su mala suerte ante nadie. Se indigna con la carta suplicante de su madre al Sr Wayne. Y no apela a la compasión del amable funcionario del registro del psiquiátrico. Como hemos dicho, en su aparición imaginaria entre el público de Murray menciona las sonrisas que estaba predestinado a regalar, y ahora, como invitado, protesta aportando una visión de las cosas muy objetiva y en la cual no figura como víctima. Así que Murray habla por hablar porque Joker ni se autocompadece ni se justifica en ningún momento. Además, si se hubiera esforzado por comprender a su invitado habría intuido que si seguía echando leña la escalada dialéctica sólo podía acabar de la peor forma posible, pero con sus palabras demuestra no tener el menor interés por escuchar lo que pueda decir. Tampoco lo tenían la asistente social del principio o la psiquiatra del final. El poder vive en su burbuja de ignorancia y de indiferencia, creyendo que puede controlar a todos los plebeyos, y mantiene esa actitud frente a las cámaras para hacernos creer que las cosas son como ellos dicen. Encima muchos tontos o cobardes se empeñan en tragárselo. ¿Dónde vamos a llegar?, dirán. Qué desagradable es ver la verdad por la tele, si nos interesara miraríamos por la ventana.

En esta escena los humoristas y los medios quedan destapados. No se comunican con la gente, sólo la entretienen y la engañan. No son capaces de transmitirles nada con significado, no tienen ni idea de cómo son las personas, y tampoco les importan. A Arthur sólo lo han invitado para burlarse de él, y cuando llega la hora de hablar cara a cara siguen con su disco políticamente correcto sobre lo mal que está todo, pero denunciando a quien suponga una amenaza para el status quo. Lo suyo es pura palabrería (no como el Sr Wayne, que al menos le da un puñetazo). En cambio, a Joker sí que le importan las personas. Son lo único que le ha importado siempre. Y al fin sabe cómo llegar a ellas. Se ha convertido en el cómico que quería ser, su nacimiento está preparado. Sobre el plató, en terreno enemigo, Joker gana la batalla de la comunicación contra su enemigo el mentiroso. Eso es lo que simboliza la muerte del humorista a manos del payaso. Su sola presencia tras el disparo, sentado y mirando a su alrededor tan contento, ya dice más que todos los programas de Murray juntos, como cuando hubo un pico de audiencia con sólo emitir su risa ante el micrófono en el Pogo’s. Seguro que muchos espectadores sintieron un rechazo al ver que se estaban burlando de aquel pobre tipo, y si fue así, ahora estarán entusiasmados. Tanto es así que salen a celebrarlo por las calles, como Joker ve luego, cuando sale arrestado en el coche patrulla.

Tras el disparo, danza ritual marcial para burlarse de la performance que es la puta tele.

Se acerca a cámara y dice:

Recordad, amigos: así es la vida.

Pues sí. Así sí que es.


5

La comedia

Lo que Joker le echa en cara a Murray es que utilice el humor para relativizar lo importante y evadir a la gente de la realidad. Hacerles las cosas más llevaderas no es una excusa. La auténtica comedia, la que Joker defiende, es la de la vida, y en ella – lo ha descubierto ahora, tras mucho sufrimiento – uno no puede eludir lo que le resulta doloroso. “Yo pensaba que mi vida era una tragedia, ahora me he dado cuenta de que es una puta comedia”. Joker llega a esta conclusión en la escena en la que mata a su madre. Cuando estaba junto a ella nunca iba caracterizado de payaso. Era el Arthur aún sin liberar que sufría a escondidas, no interesaba a nadie y reía volviéndole la espalda al micro. Pero uno debe reconocer su vida tal y como es, y así debe representarla, sacando a escena todo lo que siente, incluyendo lo que duela – en su caso esa risa molesta que no sabe controlar. Cuando acepta que está ahí y en vez de ocultarla la convierte en su seña de identidad es cuando deja de resultar incomprensible para los demás, y entonces su número cómico funciona por encima de la farsa del humor ingenioso, del que Joker nunca ha participado. No tiene sentido para él, pero pronto va a descubrir que para los demás tampoco, porque para ellos sólo es una forma de escapar del mismo dolor que él siempre ha sentido. Nunca ha dejado de ser realista y sincero, por eso no lleva máscara y los medicamentos no le funcionan, y creía que su vida era una tragedia porque pensaba que cuando los demás se reían lo hacían de verdad, disfrutando, mientras él en cambio se sentía miserable. Pero resulta que el humor era una anestesia para ellos. Que sus vidas – sus comedias – también duelen, y más ahora que les van dejando de hacer efecto sus medicamentos: el trabajo, los buenos modales, el orden social, una autoridad en la que confiar… Por eso empiezan a sufrir, que es captar las cosas en carne viva, con nitidez suficiente como para no poder ignorarlas, igual que le ha pasado siempre a él. Si cuando se ríen en realidad están sufriendo, nadie conoce esa sensación ni puede representarla tan bien. Y les va a ser muy honesto, ahí va a estar él para terminar de despertarlos y decirles ¡Hola amigos, ésta es la mierda de mundo que habéis creado! Así que cuando lo invitan al programa el número que quiere ejecutar lo tiene claro: les dará la bienvenida a todos a la vida real, haciendo cosas feas como besar de tornillo a la anciana doctora. Total, todo Gotham hace cosas como poco igual de feas aunque no quieran reconocerlo. Luego les contará un chiste grotesco sobre la grotesca realidad, soltará un jajaja precisamente porque no tiene ninguna gracia, y se pegará un tiro. Básicamente les va a dejar claro cómo han sido siempre las cosas cuando no tenían el valor o la desgracia de verlas, porque ahora no van a tener otro remedio que mirar. Y como no hay más que decir, adiós.

No puede haber más honestidad ni lógica más pulcra en esta actuación que Joker prepara para el programa de Murray. Ni le falta ni le sobra nada, y el mutis por suicidio es el ideal. Pero nuestra naturaleza también tiene otros motivos, y Joker no acaba muriendo. Sus seguidores se lanzan a las calles, algunos para luchar por la justicia, la mayoría más bien buscando que los ayude a enfrentarse al dolor, el miedo o la incertidumbre. Tal vez pueda salvarlos: eso lo convertirá en la persona recta que debe ser, y al mismo tiempo lo acercará por fin a ellos, de alguna forma. Pero ya es tarde para escapar de la soledad, aunque lo haya hecho de la muerte. Así que hace lo que un mimo en un escaparate. Se queda observando o moviéndose en silencio, bailando en solitario y dando instrucciones tras el fino cristal blindado que su mueca interpone entre sus seguidores y él.

Eso es lo que hace Joker cuando, tras matar a Murray, va arrestado en el coche de policía y contempla con orgullo el caos que ha desatado por toda la ciudad, y cuando más tarde se presenta ante ellos sobre el capó del coche accidentado. Es un trance agridulce, porque ha renunciado a ser una persona más y acepta un papel, y por fin los demás responden pero jugando a lo suyo, enmascarados. Siguen sin ser sinceros. Arthur no ha encontrado de pronto un montón de amigos que se vayan a interesar por él, y es muy consciente. Sigue estando solo, antes frente un espejo y ahora tras un cristal de maquillaje. Hay gente al otro lado, pero ya no espera que se quiten las máscaras. No se lo pide, y no quiere averiguar si serían capaces de hacerlo. Sabe que su sonrisa no se transmite a través de esa barrera, igual que no se mantuvo sobre el rostro del niño Bruce cuando la forzó con sus dedos a través de la verja de su mansión. La máscara les durará puestas mientras la realidad apriete. Todos se le acercan, pero ahora es él quien se aleja. Pintarse una mueca es taparse los oídos y permanecer distante, estar a su rollo y decir: Mi dolor ha cicatrizado. No hay nada que podáis hacer, es demasiado tarde. Y ahora, vamos a jugar.

En futuras capítulos, como el de Batman del 89.


6

El nacimiento de Joker

Joker termina de nacer cuando varias manos lo sacan por la ventanilla del coche de policía, inconsciente y ensangrentado, en silencio primero y echando a respirar de pronto, como lo hace un niño. El dolor le recuerda entonces que seguirá presente, a pesar de ser ya Joker. Pero él le da la bienvenida pintándose una gran sonrisa con su propia sangre, que es su dolor. Ya sabe cómo vivir con él: exhibiéndolo como parte de su maquillaje. Ya no tendrá que huir recurriendo al suicidio.

Esta secuencia también nos dice que la justicia (Joker) nace del seno de la autoridad injusta (el coche de policía) cuando se da cuenta de que puede detenerla (el camión conducido por otro payaso). No es que buscara enfrentarse a ella, pero el choque era inevitable. Intercalan los fotogramas de otro niño, Bruce Wayne: cerca de allí, nos dicen, el poder también ha muerto y ha nacido otro heredero.


7

Jerarquías

El payaso es el bufón sin corte, el tonto de los zapatones, la antítesis del poderoso. Pero siempre hay alguien por debajo. En la escena del enano que no puede abrir la puerta, la jerarquía se invierte. Y, al igual que el público de Murray se burlaba del payaso del club Pogo´s, el público de la película cuando más disfruta es en este momento. No falla, en todos los cines son todo carcajadas. La película nos demuestra así que los enfermos que se ríen a destiempo somos nosotros. Que todos somos Gotham cuando nos burlamos del que está por debajo. Bueno, yo no, que me molestó que lo hicierais, pero sí mi compañero Pablo. O Zaida, que mide su 1,80m y bien que se tronchaba. Arrepiéntete, malvada.

Moralinas aparte (Joker también le ve su gracia), esta escena nos dice más. No es que la vida del enano no nos importe. A todos nos habría apenado que le hubiera hecho daño. Lo que hace surgir el humor junto al miedo es que captamos el juego de poder y aceptamos las jerarquías. Nos reímos porque el pobrecillo tiene posibilidades de salir indemne y estamos a la expectativa de lo que dicte el que manda, que está claro quién es después de la violencia que ha demostrado. Si la cosa acaba mal entonces sentiremos lástima y rechazo, y a muchos se nos caería el personaje de Joker, pero mientras tanto la gracia está en que alguien tiene que pasar por delante de un león y luego volver para pedirle las llaves de la jaula.

Pero no es que sencillamente el enano sea más débil y sólo con eso la situación resulte divertida. No lo sería si por ejemplo en vez de un enano hubiera una mujer indefensa. Cuando una mujer se expone a la agresión de un hombre nunca tiene nada de gracioso, sea cual sea la situación, aunque contenga algún tipo de ironía o advertencia. Y no lo tiene porque la mujer no está por debajo en otra jerarquía natural, relacionada con la protección del valor. Dicho de otro modo, su vida no vale menos y además, para hacer que ese valor sea respetado aún estando casi siempre por debajo en cuanto a poder físico, hemos creado esa jerarquía de protección del valor; en su defensa, si vemos a una mujer amenazada lo primero que hacemos inmediatamente es una dura condena moral, en paralelo con el miedo que sentimos por ella. Este juicio y esa conexión empática hacia la víctima también estaría presente en el caso del enano, pero sólo a posteriori, una vez haya sido agredido, y aparece porque tenemos un impulso natural incluso más profundo que es el de la justicia. Pero a una mujer no nos haría gracia ni que la asustara en broma. Nos parecería que está tratando de humillarla y someterla, que supone precisamente desafiar su posición en esa otra jerarquía, la de protección del valor, que todos tenemos establecida como alta porque se trata de una mujer, y que en cambio damos por rebajada ya de entrada en el caso del enano.

Un artista marcial decía que sonreír tiene que ver con el poder y la confianza, porque al hacerlo enseñamos los dientes en actitud desenfadada, que es mostrar nuestras armas y a la vez decir que no vamos a utilizarlas (porque vamos a ser buenos amigos, ¿verdad?:). También nos da por reír ante golpes tontos y situaciones embarazosas o difíciles. La risa es una forma de advertirnos y de animarnos los unos a los otros diciéndonos que no pasa nada, que podremos salir airosos (…apretamos los dientes y se nos dibuja una sonrisa preocupada…) o que nos hemos librado de algo que podría haber sido mucho peor (…y sonreímos con alivio). En un entorno determinado, una jerarquía más alta significa tener legitimidad para imponer el criterio propio. Y la más alta de todas es la que otorga la naturaleza, lo inexorable. La gravedad tiene toda la legitimidad para tirarte contra el suelo, y si te caes de culo los demás nos reiremos aliviados a menos que te mates. Un león tiene toda la legitimidad dentro de su jaula, y si te vemos deambular por dentro mientras el bicho te mira de reojo nos podrá resultar gracioso. Y ahí dará igual que seas una mujer, porque ése no es el entorno humano y aunque sigas teniendo el mismo valor, nadie estará poniendo en jaque la jerarquía que lo protege. Lo mismo ocurriría si en vez de un león el de la jaula fuera Hannibal Lecter. De igual modo, nos hacen gracia los memes sobre Kim Jong-un, como aquél de “definición de trabajar bajo presión”, en el que el Líder Supremo aparece detrás de un trabajador observando fijamente lo que hace. Nos resulta jocoso incluso aunque luego consideremos al tipo un horrible tirano. Ni la gravedad, ni los leones, ni los poderosos ni los locos comparten nuestra naturaleza ni se atienen a nuestras convenciones, y por tanto no las desafían, aunque en su entorno estén por encima de nosotros. Ante ellos todos somos iguales, por eso infunden tanto miedo, y de ahí que despierten la risa. Con ella lo que hacemos es reconocer la jerarquía, advertirnos, recordárnosla y de algún modo someternos a ella. Si salimos airosos del trance respiramos aliviados: ¡Aquí no ha pasado nada, la gravedad, el león, Kim Jong-un o Joker han decidido no matarnos!¡ Larga vida a la gravedad, el león, Kim Jong-un o Joker!

Una vez ha demostrado su capacidad para ejercer la violencia, en la jerarquía de poder el payaso pasa a estar muy por encima del enano. Y tampoco sentimos un impulso automático por proteger a los enanos, así que nos reímos de él. Sin embargo, como hemos dicho una mujer no estaría por debajo en el cómputo global de las jerarquías, porque su posición en la del poder es más baja pero en la de protección del valor es más alta. A lo mejor no puede defenderse igual de bien pero instintivamente su vida la consideramos muy valiosa y debe ser preservada, y lo hacemos dándole y resguardando colectivamente esa jerarquía. ¿El enano tiene derecho a vivir? Todo, pero no estamos hablando de derechos sino de naturaleza y convenciones instintivas anteriores a los derechos. ¿Lo consideramos menos valioso? No necesariamente, pero sí lo sabemos menos capaz físicamente y además no es una persona cuyo valor haya que preservar continuamente en nuestro ecosistema humano, porque es un miembro poco común de él y el ratio beneficio/esfuerzo es muy pequeño como para automatizar su defensa. Por eso le damos menos jerarquía de protección del valor, del mismo modo que a un hombre, que se espera que se pueda defender por sí mismo porque no podemos estar continuamente haciendo de policías. Si luego el enano resulta que es un genio de la medicina le podremos conceder mucha valía, pero la escena será igualmente graciosa porque ese reconocimiento lo podría ascender como mucho en una cierta jerarquía del poder (el que da el estatus) pero no en la jerarquía de protección, que funciona en modo automático y no según el individuo sino según el grupo al que pertenezca. Si el enano fuera Chucky el muñeco diabólico entonces la situación dejaría de hacernos reír porque tendríamos presente que puede devolver la agresión: estaría muy arriba en la jerarquía del poder, y sería una pugna entre iguales. ¿Por qué nos reímos de los tontos de Lepe, porque despreciamos su existencia? No, pero les damos menos jerarquía de poder (el que da la inteligencia), poco nivel en la de protección, y encima como son tontos pues dan mucho juego. Sustituyamos al enano por una ancianita despistada que pasaba por allí y se la está jugando de todas todas pasando junto a Joker y el cadáver sin haberse enterado de nada de lo sucedido. Nos podría resultar gracioso, aunque sea una mujer. Incluso si es una mujer joven, pero sólo mientras dure su despiste, porque en el momento en que se dé cuenta de la situación se nos planteará a ella y a nosotros el problema del orden jerárquico, y no consentimos que éste se desafíe. La empatía se nos dispara en ese instante: ella tiene que saberse defendida, y él, que nuestra condena será implacable si la daña. Por último, si en vez de un enano hubiera un niño, entonces sería aún más impensable el cachondeo, porque su jerarquía de protección del valor es muy alta: son miembros comunes de nuestra sociedad, su valor es muy alto, sus posibilidades de defenderse muy bajas, y las secuelas si cabe más duraderas. Defenderlos es un deber urgente para todos, por eso nuestro rechazo hacia el agresor de un niño es extremo. Además, en su caso temblaríamos incluso cuando aún no se hubiera dado cuenta del peligro en la que encuentra, porque los niños no son conscientes de las jerarquías y a ellos no se les plantea ningún desafío a su posición social por el hecho de percibir o no un peligro. Esa operación mental la hacemos nosotros en su lugar.

Si nos parece que la vida de un enano no vale menos es porque, a partir del instinto natural de la justicia, nosotros como sociedad civilizada lo hemos entendido y acordado así, ya que reconocemos en él una persona completa como las demás. Esto no es ni trivial ni del todo universal, y es algo que convenimos una vez actúa también el análisis racional y consciente. En el orden inconsciente sin embargo seguimos detectando y respondiendo ante otros criterios jerárquicos aún cuando creamos que no lo hacemos. Así, por ejemplo, si el enano de la oficina se porta como un capullo, veremos mucho más aceptable que se lleve un guantazo que si es una mujer. Se lo estaba ganando, diremos, que significa que estaba abusando de la buena fe que tenemos los demás cuando nos hemos fijado unas reglas de convivencia según las cuales los físicamente débiles deben ser respetados y no se puede ir hostiando a los enanitos. Se aprovechaba de nuestra buena fe cuando, recuperando el profundo sentido natural de la justicia, ponemos cotas a los estamentos superiores en la jerarquía del poder y también evitamos confundir jerarquía de protección con valor (es decir, la urgencia de proteger con el valor de lo protegido). Una cultura donde esto no se respeta es una cultura degenerada, porque habrá desvirtuado el instinto natural de la justicia en aras de la sumisión a una jerarquía, la del poder, que aunque también tenga un origen natural es mucho menos noble y menos beneficiosa socialmente porque obedece al instinto de conservación propio. Y una cultura donde no esté mal visto pegar a las mujeres cuando a uno le apetece estará aun más degenerada, porque también habrá sido capaz de anular la jerarquía de protección por supeditarse sólo a la del poder. Eso sólo se consigue con fanatismo, producto de una manipulación.

Cuando nos plegamos servilmente a la jerarquía del poder, damos un valor y tratamos de forma distinta a cada persona en función de su posición en ella. Esto también puede ocurrir con la jerarquía de protección del valor, aunque el riesgo es más bajo porque al fin y al cabo está relacionada con la ayuda a otros y no con el interés propio. Pero incluso si somos ecuánimes, siempre funcionamos con estas jerarquías y hacemos una asignación inconsciente de la posición de cada individuo en ellas. Esto asoma en comportamientos como la risa, que indica que reaccionamos de manera diferente para resguardar esa posición y la integridad de cada uno.

En cambio, el protagonista de nuestra película, Joker, no reconoce jerarquías de ningún tipo. Por eso no se ríe como lo hacemos los demás, y por eso en una sociedad envilecida parece un enfermo. Y puede que sea un tipo raro, pero enfermedad no tiene ninguna. Lo que pasa es que sólo se guía por el impulso de la justicia. Por eso no se lanza a defender a la mujer del metro en cuanto los tres brokers empiezan a acosarla: a los demás nos habría indignado inmediatamente, porque es una situación injusta pero antes de eso porque veríamos desafiada su jerarquía. Dicho de otro modo, nos habría repugnado que tres tíos se atrevan a acosarla, y de ser tan violentos como Joker a lo mejor hasta les habríamos increpado pistola en mano: pero si esa respuesta nuestra es automática no es porque creamos que sea una situación injusta, sino porque estamos defendiendo una convención. Athur en cambio observa lo que sucede, la mujer lo mira como pidiendo ayuda, porque igual la cosa va a peor, y él vuelve a mirar al frente, pero lejos de quedarse indiferente se echa a llorar: le entristece ver que se abuse de una persona indefensa, pero le da lo mismo que sea una mujer, así que no hay ningún automatismo urgente que se active en él para defenderla. Otra cosa es si la agresión hubiera ido a más. Sólo reacciona cuando demuestran ser tan canallas como para golpearlo entre los tres con toda su saña, y ahí lo que está funcionando sigue siendo el sentido de justicia, sólo que con la contundencia con que corresponde aplicarla. Como no reconoce ninguna jerarquía del poder, no le frenan las consecuencias de violar la ley y no se detiene hasta acabar con los tres. No se está defendiendo, está impartiendo justicia en estado puro.

Y lo mismo hace al matar a su compañero desleal cuando va a su casa acompañado del enano. Una de las tres veces que he visto la película en un cine alguien sentado a mi lado se quejó del nivel de violencia que hay en esta escena. Las tijeras clavándose en el cuello y en un ojo, la furia con que golpea la cabeza contra la esquina, la sangre desparramada por la pared. “No era necesario”, le oí decir. Sí que lo era: un momento estaba riéndose porque el enano no llegaba a la puerta. La violencia tenía el propósito de demostrar que nos guiamos según jerarquías, algo que se manifiesta en reacciones inconscientes como la risa.

Si el lector ha hecho el ejercicio mental de sustituir el enano por una mujer y está de acuerdo en que la escena dejaría de ser graciosa, entonces su inconsciente ha entendido que Joker no tiene ninguna enfermedad mental. De él espera un comportamiento radical pero recto y noble. Dicho de otro modo, sabe que no es un tipo normal pero sí muy humano, sólo que sus criterios tienen una justificación difícil de aceptar para nosotros, que vivimos observando las convenciones. Aunque profundamente dañado, Joker es un ser sin contaminar, tal vez un guía hacia nuestra naturaleza más pura. De ahí que despierte adhesiones tan fuertes, y no sólo reacciones adversas.


8

La fuerza del loco. Naturaleza y artificio

¿Soy yo solo, o el mundo también se está volviendo loco?

Está claro que Arthur es muy lúcido. Lo que parece la historia de una trágica espiral hacia la locura y el trauma también nos habla del poder de ambas para salvarse a uno mismo – o al menos para mantenerse vivo – y tal vez a quien venga detrás. Batman será un adulto traumatizado por el asesinato de sus padres. En Arthur también es todo racional o por lo menos esperable, salvo sus reacciones violentas, que son lo que lo salvan del suicidio. Ambos son personas radicalmente buenas, pero la razón y la bondad no resultan suficientes. No es de ellas de donde sacan la energía para seguir vivos y actuar con justicia. ¿Sólo los locos sobreviven? ¿Los líderes tienen que estarlo para que sobrevivamos los demás? ¿La enfermedad mental es parte de su naturaleza, producto del entorno, o ambas cosas? ¿La naturaleza nos tiene preparada la cápsula de la locura para cuando nos sea difícil subsistir?¿Se la tiene preparada a unos pocos? Cuando los demás seguimos a un líder, ¿es porque despierta algo en nosotros parecido a él, o somos una mala imitación con intenciones menos nobles, como el enmascarado que dispara en frío al matrimonio Wayne, cosa que Joker difícilmente habría hecho?

El trauma de Batman tiene un origen artificial, el violento asesinato de sus padres, y la solución también lo es, la ley: desde su aislamiento lucha por el orden social contra quienes la violan. En Joker su psique es innata, ya de pequeño reía cuando quería llorar. No tiene soluciones, sólo respuestas, y no son ni políticas ni legales, ni tiene control sobre ellas porque aparecen coherente pero espontáneamente. Batman lleva un peto musculoso con su blindaje de aleación, y físicamente se mueve como de una pieza, girando el tronco rígidamente para mirar a un lado u otro, como la ley; la armadura del payaso es una sonrisa pintada con su propia sangre y su cuerpo raquítico, dotado de la agilidad y la fuerza sobrehumanas del loco. Batman lucha por mantener las bondades de la sociedad civilizada, Joker por destapar sus mentiras. Batman tiene un rito preparatorio antes de partir a una misión, los actos de Joker son reflejos y su baile ritual viene después. La pregunta que nos plantea la combinación de ambos personajes es de dónde sale la fuerza para luchar por lo que es justo. ¿Es algo adquirido o innato? ¿Planeado o espontáneo? ¿Es de algún modo más legítimo el derecho positivo (Batman) o el natural (tal vez una traducción de Joker)? ¿El ritual, la costumbre, la representación, es común a cualquier fuente de derecho?


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Orden y caos, mentira y verdad. ¿Quién puede ser Joker?

Hemos dicho que en la película el humor representa la mentira y la risa la emoción sincera: el primero es hipocresía o evasión en los demás, la segunda normalmente tristeza en Joker. El primero es el arte de manipular a través de la segunda, el uso del ingenio para relativizar y hacer de menos lo que es serio y urgente pero no conviene al poder. El caos aparece cuando se destapa la mentira y cada uno busca su verdad. Como hemos dicho verdades hay muchas, cada cual tiene la suya, pero mentiras sólo una, la del poderoso, que es quien tiene más medios para imponerla. La película nos explica que la mentira colectiva, que tal vez sea necesaria para mantener el orden, termina asfixiando a sus huéspedes hasta que prefieren la verdad, que al no ser única trae consigo el caos.

Otra pregunta que nos hace, ésta a través de sus personajes, es si la justicia es hija del poder, como Batman, o si puede tener otro origen, que en Joker sería la enfermedad, es decir, la naturaleza del individuo extraordinario incomprensible para los demás. Batman es la Ilustración, porque lo hace todo por el pueblo pero sin el pueblo, desde su mansión. Batman es Pablo Iglesias, y sus partidarios ni son ni él los considera sus iguales: una estudiante justiciera, un currante idealista, un community manager de Podemos desde su teclado. La diferencia es que Batman nunca se hace pasar por uno más. En cambio, Joker parece una persona cualquiera, o en principio no pretende ser otra cosa, y a sus seguidores lo que los mueve no son sus ideas, sino una experiencia vital en común con él y la honestidad radical de sus actos. Por eso se cuentan entre los desfavorecidos y la gente harta de verdad, y sus revueltas son espontáneas en vez de dirigidas como un 15M. Cada uno es de su padre y de su madre, sencillamente los impulsa lo mismo que a él, o eso creen. Por eso llevan una careta a su imagen y semejanza, porque ni son iguales ni piensan igual. Detrás de esto, dicen, podemos estar cualquiera. Muchos tipos de persona pueden estar con Joker, o ser él mismo, quién sabe. Se movilizan al aparecer alguien como ellos a quien imitar. En cambio Batman es un superhéroe que protege el sueño de Gotham, con su emblema proyectado sobre el cielo por encima de todos. Nadie se cree Batman, salvo en los chistes.

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La duda es si por el hecho de sentirse identificados con Joker, cualquier de sus seguidores podría ser él. ¿Es eso lo que nos dice la película? Podríamos intentar imaginarla como una secuencia de fragmentos de la vida de personas distintas: el que va al programa de Murray como parte del público sería uno, el que mata a los Wayne otro, el que dispara a los tres ejecutivos un tercero diferente del que estuvo en un psiquiátrico o del que tal vez nunca saliera. Todos ellos podrían ser personas diferentes y el mismo Joker, sin estar éste desdoblado, porque representaría una transformación que todos experimentan. Esa sería una forma de decirnos que todos podemos ser Joker, aunque uno lo puede creer sin más, sin recurrir a esta idea de los múltiples protagonistas.

Pero para mí esta interpretación no sería correcta. Lo que nos dice la película es que tú no puedes ser Batman, pero tampoco Joker. Él es una sola persona, la que acaba con los tres ejecutivos, con Murray y demás, pero no la que dispara sobre la familia Wayne. Es él quien acude a los servicios sociales y quien se imagina entre el público de Murray o saliendo con su vecina, pero no hay un Joker tras cualquiera de las máscaras, y la película nos lo hace saber de varias formas. La diferencia con sus seguidores es que éstos también actúan con violencia, pero no de la misma naturaleza. Ellos son capaces de disparar a la familia Wayne sin haber mediado provocación en ese instante:

-Eh Wayne, aquí tienes lo que te mereces.

Joker sin embargo no ataca al padre ni siquiera tras ser insultado y golpeado por éste en los baños de la gala. Al fin y al cabo su reacción estaba justificada:

-Si vuelves a acercarte a mi hijo, te mato.

Ni siquiera quiere ser visto como una persona agresiva, como cuando a duras penas acepta la pistola, o cuando en la cabina telefónica no le dice a su jefe que la llevaba encima para defenderse desde la paliza. En él la violencia no está premeditada, y no puede ser un medio para conseguir un fin superior. Tampoco es una mera vía de escape a la presión, ni la respuesta defensiva de un animal acorralado. Muy al contrario, a pesar de ser visceral está completamente integrada en su estricto sentido de la justicia. Su lógica pulcra y bienintencionada no depende de él y no puede decidir entre usarla o no, porque siempre lo hace. Pero sí es dueño de sus consecuencias, que se han traducido en sufrimiento a pesar de convertirlo también en una buena persona. No parece consciente de serlo, ni capaz de encontrar un alivio en ello o de aprovecharlo al socializar, pero es que ser buena persona no tiene un propósito, y en cambio sí puede resultar muy dañino para uno mismo. Tampoco puede decidir cuándo y contra quién dirige su ira, y de nuevo no quiere ser consciente de las consecuencias ni hacer más interpretación. Se limita a un baile extraño, como si quisiera saludar a un público boquiabierto mientras deja que su cuerpo se quiebre bajo el peso de lo que venga.

En cambio, los demás pueden ejercer la violencia cuando sus razones los llevan a ella. Pueden analizar su situación o la de la sociedad e identificar unos culpables, ir acumulando rabia y descargarla cuando llegue la ocasión, siempre al abrigo del caos y un callejón oscuro. Su cobardía les hace utilizar la lógica para trazar una estrategia, que es contener la rabia hasta el momento conveniente y entonces actuar con sigilo, apartando la razón de en medio para que no intervenga y reclame un juicio justo para la víctima. Mientras tanto Joker dispara delante de las cámaras, a cara de payaso descubierta. Eso se llama transparencia, oiga.

-Aunque no lo creas hay gente que no es horrible.

-Tú eres horrible, Murray.

Es decir:

-Lo sé, pero tú no eres uno de ellos.

Joker no sabe qué son el odio ni el resentimiento, desplazados tal vez por la tristeza. La muerte de la madre la veremos más adelante, pero no hace juicios en función de la posición en el poder de las personas o sólo de sus actitudes o actos pasados sino también de los presentes, al contrario que sus seguidores, que protestan contra los ricos en genérico, necesitan llevar careta y que en cuanto se la quitan (en la escena del metro, cuando le persiguen los dos detectives) cambian de comportamiento y se pelean estúpidamente. Por eso Joker es una referencia viral para otros, porque aporta la razón dentro del caos que es la alternativa a un sistema injusto. El guía, nos dice la película, nunca es igual que el rebaño. Tanto el uno como los otros actúan conforme a sus naturalezas, pero éstas son diferentes.

Como veremos más adelante, la película deja entrever que Arthur es hijo de Wayne. Lo que esto querría decir es de nuevo que, además de por el entorno y las circunstancias, alguien extraordinario lo es por su naturaleza excepcional. No cualquiera puede serlo.


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Joker y Trump. Política y performance

Joker es un aspirante más a ciudadano muy consciente de vivir en una sociedad pero para el cual quedan lejos los grandes idearios políticos, precisamente porque están construidos partiendo de ideas sobre las jerarquías, ante las cuales no responde. Está claro que siente un fuerte rechazo hacia los abusos de poder, y por esa actitud hay quien lo etiquetaría como algún tipo de anarquista. Joker no clasifica a priori: de entrada, en el poderoso siempre espera inocente encontrar a la persona, como cuando habla con el Sr Wayne pidiendo un sencillo abrazo. Es decir, es ajeno a nociones como la de clase. Es radical a la hora de exigir rectitud y responsabilidad personal, por eso no perdona a sus víctimas, y denuncia la falta de decencia y la degeneración moral en un alegato más propio de la extrema derecha. Pero él tiene una visión propia que ha construido desde su experiencia personal, lo cual lo divorcia de cualquier colectivismo. Y al mismo tiempo habla en plural cuando le dice a Murray que se han convertido en una sociedad deleznable. Joker sabe que en esa sociedad de infame arquitectura él es como si no existiera, y si no existe difícilmente puede verse a sí mismo ni a nadie como sujeto u objeto político.

Otra cosa es que el sistema o sus intelectuales sí que interpreten esa reclamación en sus términos, como sucede en el Gotham que es la realidad. Al fin y al cabo no pueden hacer otra cosa. Sin ir más lejos, mientras escribo esto he leído esta noticia en un periódico:

“El filósofo progresista Philippe van Parjs ha dicho recientemente que el populismo es una catástrofe, pero su amenaza es esencial para la democracia porque obliga al poder a recordar que la gente existe”.

Este es un ejemplo de intelectual que no quiere enterarse de que hay quienes no aspiran a ser recordados por el poder. La mayoría, porque lo saben corrupto e interesado casi por definición. En el caso de Joker, que no está resabiado, porque sabe que sólo tiene sentido ser recordado por las personas. Pero el poder y sus “pensadores” siempre tratan de traducirnos a su jerga.

Joker conoce los problemas de su sociedad pero no tiene la solución, y no le interesa a qué puñetero juego estemos jugando los demás: solamente quiere que alguien le haga un poco de caso, o que al menos no seamos unos hijos de puta con él. Que tengamos un poco de por favor, como decía un simpático actor español. Si vamos con malas intenciones nos va a pegar un tiro, aunque de entrada no lo pretenda. Joker no quiere que el poderoso reconozca su existencia y lo comprenda desde su posición de poder. Eso es algo que sólo pueden hacer las personas, como cuando le dice a Wayne que simplemente quiere algo de afecto y no su dinero. Tampoco va con intenciones fijas, sino que pueden cambiar – iba a suicidarse y no lo hace – ni tampoco con un discurso ni una performance. En el programa de Murray, éste le pregunta si ha matado a los tres ejecutivos para iniciar un movimiento. De nuevo el poder busca en él su reflejo y una concreción de sus actos en una agenda. Pero delante no tiene a un marioneta, tiene a un payaso:

¿Le parezco el tipo de payaso que puede iniciar un movimiento?, le contesta Joker.

Una clara alusión a Donald Trump. Como el resto de los invitados al programa, la mayoría de los políticos tratan de parecer naturales y que no se note que se saben frente a las cámaras. Intentan que nos creamos que son así ocultando la performance. En cambio, Joker y Trump siempre se empeñan en hacer como que están actuando, cuando en realidad van completamente en serio. Ambos son la antipolítica, o al menos los enemigos del paripé. Entre los concentrados que protestan ante el palacio de la gala parece verse fugazmente un muñecote del actual presidente de los EEUU. También lo emula cuando hace su entrada en plató besando a la doctora en la boca y sin permiso, algo socialmente inaceptable y que recuerda a los supuestos casos de abusos de Trump, que al final no pasaron de comentarios irrespetuosos, casi filtrados a propósito para anunciar no que le parezca bien abusar de nadie, sino que desprecia la hipocresía y no va a dejarse manejar a través de la corrección política. Como sucede con Trump, los medios se burlan y descalifican a Joker, y él les acaba devolviendo las consecuencias de lo que hacen.

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Si Joker defendiera que la verdad es otro show más, se limitaría a montar uno todavía más gordo que el de los mentirosos como Murray. Eso es lo que tiene planeado cuando acude a su programa, pero no lo que termina haciendo. Y no porque se lo piense, sino por lo que le sale sin pensar, la violencia. La defensa de la verdad no es una performance y tiene una componente fundamental de inesperada, irreflexiva e inevitable.

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Siete

Los 7 medicamentos que recibe Arthur son los mismos que toma todo el mundo para aliviar el sufrimiento. Son por ejemplo la democracia, el trabajo, las relaciones sociales, el humor, los buenos modales, los servicios asistenciales, el arte… Cuando la asistente social le anuncia que se los van a retirar por falta de presupuesto le está repitiendo lo mismo que cuando le reconoció que hay mucha tensión y la gente está harta: que todo se sostiene sobre un conjunto de engaños que ya no dan más de sí. Y efectivamente, uno tras otro dejan de hacer efecto. La democracia le va a dar la autoridad al poderoso (la alcaldía al Sr Wayne). El trabajo, ya devaluado, lo pierde. Sus relaciones personales son o inventadas, como la vecina, o falsas amistades, como el compañero que lo acusa de haberle comprado la pistola. El humor, como el de Murray, se emplea para evitarle a la gente la verdad. Las formas no importa dejarlas a un lado ante una presa fácil, como una mujer sola en el metro. Los servicios sociales sólo están para que los más desafortunados no molesten. Hasta el arte ha dejado de ser un alivio y la tienda de guitarras que Arthur anuncia al principio está de cierre.

Y es que no hay remedio para la indignidad. Todo lo acaba estropeando inevitablemente. En la película nos dicen que hay una plaga de ratacas gigantes y una huelga de basureros: la indecencia queda a la vista, ya es imposible ocultarla. Everything must go, decía el cartel de la tienda, y se lo rompen en la cara porque siempre hay quien intenta mantener las cosas como están y ataca a quien las denuncia. Irónicamente, luego su jefe le pide que lo devuelva, tal vez porque pensaba que en vez de trabajar para la tienda estaba anunciando el apocalipsis, o que él mismo hizo desaparecer el cartel como para impedir que la tienda cerrara. El caso es que pronto muchos salen a las calles a protestar en cuanto Joker les da la excusa, porque a ellos también les dejan de funcionar los mismos 7 medicamentos. Todo se desata cuando la bolsa de papel donde los guardaba la pasa a ocupar la pistola. Los 7 placebos los reemplaza por 7 víctimas, a modo de Arcángel en lucha contra los 7 pecados capitales, cada uno representado por un personaje:

  • Pereza, la de la madre.
  • Envidia, la de Murray al ver cómo Joker lo desplaza de su trono televisivo.
  • Soberbia, la de un sistema de salud que cree conocer su “enfermedad”.
  • Avaricia, la del Sr Wayne
  • Lujuria, ira y gula, representadas por los tres ejecutivos del metro. Uno de ellos es quien dirige su atención hacia la mujer, otro lleva una bolsa de comida ya casi vacía que le ofrece burlonamente, y el tercero es el que la toma con Arthur.

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Naturaleza de la purga

La madre de Arthur mantiene la esperanza de que el Sr Wayne los ayude a salir de su penosa situación. Trabajó para él como personal de servicio doméstico hace muchos años y dice que es un buen hombre que sentiría lástima si los viera vivir como viven. También cree que es el alcalde que la ciudad necesita. Es decir, ella es consciente de su mala situación y la de la sociedad, pero confía en el poderoso en vez de en sus propias posibilidades o las de otras personas. Arthur le dice que no se preocupe por el dinero: él rehúye esa dependencia. Entonces, al leer una de sus cartas para Wayne, Arthur parece descubrir que fueron amantes y que él es su hijo, o eso cree ella. Primero su mayordomo y luego el propio Sr Wayne le dicen que no es así, que su madre estaba loca y que además él fue adoptado. Cuando va al registro del hospital psiquiátrico, los informes médicos y una solicitud de adopción parecen confirmar que Wayne dice la verdad. También hablan de los malos tratos que ella permitió hacia Arthur. Entonces, en ese doloroso momento a mitad de huida, en el rellano de las escaleras, se imagina testigo de una suerte de interrogatorio a su madre que tendría lugar en ese mismo centro muchos años antes, dirigido no sabemos si por un médico, un policía o alguien de otra esfera del poder. Ella, recién ingresada como enferma mental, dice que Wayne es el padre pero que se encargó de falsificar los documentos. No le replican, y le echan en cara que su hijo ha sido encontrado con evidencias de graves abusos y atado a un radiador. Responde que el niño siempre parecía estar feliz. Ella tampoco entendió nunca a Arthur, o bien es una mala excusa, porque cualquiera sabe que esos abusos no se pueden tolerar. Podría no saberlo porque está loca, pero razona bien cuando habla de la solicitud de adopción falsificada. En todo caso, ¿qué representa la enfermedad de la madre?

Para responder a esa pregunta hay que hacerse otra anterior. ¿Lo que se dice en esta escena imaginada es un invento de Arthur, o es lo que va leyendo en el informe? Es fácil asumir que cuando se imagina cosas, en ellas lo que ocurre es lo que a él le gustaría que pasara. Pero tal vez no sea así. Lo que sabemos es que es honesto y realista. ¿Y si lo que ve no son sus propios deseos sino la realidad, sea en un documento, en sus recuerdos, en su interior o en el de otros? ¿Y si ve a los demás actuar del modo en que lo harían fuera de cámara y de Gotham, tal y como les gustaría ser si tuvieran la fuerza de voluntad suficiente? Tal vez incluso él mismo sepa que se lo está imaginando: tras esa primera revelación sobre la verdadera naturaleza de cada persona, más adelante volvería a comprobar si ha logrado despertarla y rectificar su comportamiento, con consecuencias radicales si no ha sido así.

– Cuando se imagina que sale con su vecina y ella dice que el asesino de los tres ejecutivos hizo bien en cargárselos, ¿lo hace por fantasear con sentirse alabado, o porque intuye que ella de verdad aprobaría ese acto? Al fin y al cabo, en el ascensor hizo el comentario sobre la mierda de edificio, una alusión extensible a todo Gotham. ¿Y si luego la imagina saliendo con él porque sabe que a ella, que además vive sola, le gustaría encontrar en ese edificio a alguien que mereciera la pena? Vemos cómo ella reacciona negativamente cuando lo encuentra en su casa, pero él no parece sorprendido. No sabemos si la mata, y no parece que sea así porque al fin y al cabo su reacción era lógica (y porque el vecino que se queja no se ha enterado de nada y las sirenas que se escuchan en la calle pasan de largo). Pero si lo hiciera, esta explicación no cambiaría.

-Pasa un taxi con un ocupante enmascarado que se queda mirando a Arthur. Todos intuimos que el del taxi se ha dado cuenta de quién es el tipo que lo observa sonriente desde la acera. ¿Esta intuición es otra fantasía? ¿De Arthur o nuestra? Si es suya, ¿se quiere sentir el centro de atención, o sabe que a cualquiera de sus seguidores le gustaría encontrarse con él, el alma mater de su máscara? Seguramente sintiera una mezcla de curiosidad y temor frente al paciente número 1 de su enfermedad, el único que no necesita ocultarse porque es seguro que va en serio. Y no podría despegarle la mirada, pero tampoco sería el momento de destaparse, por no hacerse transparente. Quien lleva careta es como quien se pinta granitos de viruela, puede estar contagiado o fingir la enfermedad. En cualquier caso, también tendrá que demostrar su compromiso con la verdad cuando llegue el momento. Nosotros intuimos la sorpresa del enmascarado porque se queda mirando y va girando la cabeza. Pero Arthur es capaz de ver a la persona que hay tras el disfraz, y como sabe que es un seguidor que, aunque enmascarado, quiere ser honesto, le dedica una sonrisa de orgullosa aprobación.

-A lo mejor Arthur sabe que en su fuero interno Murray cambiaría el falso mundo de la televisión por un hijo como él, que es renunciar a la mentira por la verdad. Al fin y al cabo, también fue un niño abandonado por su padre. Sin embargo, cuando va invitado a su programa comprueba que no ha sido capaz de hacer enmienda, y por eso lo mata.

-Tal vez decida suicidarse por idéntico motivo. Su objetivo siempre ha sido convertirse en cómico, y así se presenta al imaginarse entre el público de Murray, pero también en episodios reales como su monólogo del Pogo’s. En los momentos en los que protagoniza sus propias fantasías se comporta como siempre, porque él ya es honesto en la realidad, pero la diferencia es que consigue presentarse ante los demás y ser comprendido. Cuando cae en la cuenta de que nunca lo logrará es cuando opta por quitarse de en medio. Y ya hemos dicho que su salvación es un trance agridulce, porque al fin despierta el interés de los demás, pero no el de individuos sino el de una masa impersonal de enmascarados. Sigue igual de solo que al principio, claro que a lo mejor él ya sospechaba que eso es lo que iba a pasar si no se suicidaba, porque conoce lo que ocurre en el interior de las personas. Sabía que responderían escondidas tras una careta y que no pueden evitar comportarse según su naturaleza, igual que él tampoco puede apartar la risa y la violencia que están en la suya.

-Volviendo a la escena “imaginada” del interrogatorio psiquiátrico, su madre aparece como una mujer que hizo lo posible por su hijo dentro de sus limitaciones, pero ante las acusaciones de haber permitido los abusos sobre él, se excusa en que interpretaba sus risas como alegría. Es decir, alega ignorancia. Ahora que es anciana, confía en el Sr Wayne ciegamente y disculpa que no responda a sus cartas, pero en cambio sufre una conmoción cuando se entera por los detectives de que Arthur es sospechoso de haber asesinado a sus tres empleados. Es decir, se ha sometido totalmente al poder. No terminamos de saber si ya lo hizo cuando dejó que se abusara de su hijo, pero ahora sigue buscando su propio beneficio y dándole la espalda. No tiene mucho reparo en ver las verdades feas que hay en él, como cuando le dice que para ser cómico tendría que ser gracioso. La enfermedad de la madre no es necesariamente la de la maldad, pero tampoco es la ignorancia, sino la debilidad. También en ésta puede encontrarse el origen de los actos más dañinos.

Es decir, en sus episodios imaginarios Arthur sencillamente sigue viendo las cosas tal y como son, pero a las personas las ve actuar no como lo hacen normalmente en su entorno sino tal y como les gustaría hacerlo en realidad. También lo hace consigo mismo. Ya hemos dicho que ante todo es honesto y no se engaña a sí mismo: su dolor es precisamente esa continua incapacidad para evadirse de la realidad. Y resulta que sus víctimas son o han sido personas injustas, pero no siempre por malas. La película nos dice que cuando Joker reacciona contra la injusticia lo hace sea cual sea el origen de ésta. Para una humanidad en la que se ha perdido todo rastro de decencia la única posibilidad de supervivencia ya no está en la autoridad ni en las convenciones sociales, sino en la naturaleza radical de unos pocos, que jugará en pro de la justicia sea intencionada (Batman) o accidentalmente (Joker). Las convenciones no sólo las ignoran sino que serían contraproducentes para la labor de purgado. Pero ¿a qué individuos debe alcanzar la purga? ¿Sólo a los injustos por malos, o también a los que no van a enderezarse por culpa de su débil indisciplina? La respuesta es que a ambos. La purga es tarea para una naturaleza depredadora que va a estar oculta observando hasta el momento de atacar, y a la que no debe importarle por qué corra menos la cebra. Pero, y aquí viene lo que la hace humana, siempre da una segunda oportunidad. Todos los asesinados por Joker se equivocan voluntariamente más de una vez. Todos tienen ocasión de rectificar su comportamiento:

-Los tres ejecutivos del metro primero toman como objetivo a la mujer, y cuando ésta aprovecha para irse no la siguen, sino que se quedan lamentándose decepcionados. Por un momento parecen cejar en su empeño de molestar a nadie, y sólo tras ese instante es cuando pasan a tomarla con el inoportuno payaso. La primera falta no tiene castigo, la segunda ya sí.

-Su mal compañero de trabajo miente al acusarlo de comprarle la pistola. Más adelante se presenta en su casa supuestamente para consolarlo por la muerte de su madre. Pero lo hace con segundas intenciones, no como el enano, del que además se sigue burlando. Cuando se destapa el verdadero motivo de su visita comete la segunda falta, y es cuando lo paga con la vida.

-Murray se mofa de él al emitir su actuación. Cuando ve la buena respuesta de la audiencia lo invita al programa y vuelve a hacer lo mismo, esta vez con consecuencias.

-La madre actuó mal al permitir su abuso de pequeño, y ahora sigue comportándose con cobardía.

No sólo es que todos obren mal, es que insisten en ello. Al mismo tiempo no hay ningún tipo de juicio moral ni por parte de Joker ni por parte de la película en la manera de presentarlos. No los pintan ni mejor ni peor que a otros personajes como los chavales de la paliza, su jefe o la vecina, que según entra en su casa pone cara de no entender a su extraño vecino. Sus víctimas son cebras que se pasean varias veces por delante del león, y la naturaleza hace su tarea.

Poco después de matarla, Arthur observa una vieja fotografía de su madre de joven. Está firmada por el Sr Wayne con una dedicatoria. Eso no significaría mucho si no fuera porque dice “I love your smile”. Arthur la mira brevemente y no parece sorprendido, como si ya la hubiera visto antes. Nos están diciendo que sí era su madre, de ella heredó la sonrisa. Por tanto no fue adoptado, y Wayne es su padre. Y todo esto Arthur ya lo sabía. Al ver su carta se enfadó con ella no porque fuera algo nuevo para él o nunca se lo hubiera confesado, sino porque al pedirle ayuda a Wayne lo hacía de manera indigna. Algo que, como hemos dicho, no hace por maldad sino por debilidad, la otra enemiga de la justicia.


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¿El chiste somos nosotros?

El director, Todd Williams, ha dicho que la única vez que Joker ríe de verdad es en la última escena. Pero no tengo claro que sea así. El propio Joaquín Phoenix ha dicho que estuvieron descubriendo cosas sobre el personaje hasta el último día (como buen intérprete, hace muchas cosas bien sin saberlo). En este momento de la película, Joker ríe sin parar y una psiquiatra o asistente social lo interroga extrañada.

– ¿Qué tiene tanta gracia?

– Se me ha ocurrido un chiste.

Nos muestran intercalada la imagen del niño Bruce Wayne junto a los cuerpos abatidos de sus padres en el callejón.

– ¿Quiere contármelo?

– No lo entendería.

La risa de Joker es por supuesto de pena, como siempre. Bruce es un niño y no le desearía ningún mal, como tampoco lo quiso para los jóvenes que lo agredieron en el otro callejón. No ha visto la escena, pero eso da igual porque las malas noticias se transmiten rápido en Gotham, al contrario que las buenas. Joker acaba de nacer, recordemos que lo hizo del coche de policía, y, al igual que cuando era pequeño, pronto ha ido a parar a manos de la asistencia social y los psiquiatras, es decir, que sigue estando solo y considerado como un loco. Y está empezando a experimentar las consecuencias de esta nueva vida en la que llega a la gente, en el sentido de que sigue ausente pero es capaz de provocar reacciones en los demás. El chiste que se le ocurre es uno de los suyos sin gracia, como el que cuenta en el programa de Murray sobre un camión que atropella a un chico. La vida de otro chico, Bruce, tambien ha resultado ser una comedia, así que debería buscarse algún disfraz y montar su propio número. Ese es un chiste que la asistente no entendería. Lo ha encontrado fuera de su libreta, y tiene muchas lecturas, incluso políticas. ¿Es Batman una creación de Joker? Es decir, cuando el poder lucha por la justicia, ¿lo hace obligado por el pueblo, por algún contrapoder nacido del mismo? Las películas de Batman plantean preguntas relacionadas: si el poder es justo de por sí, ¿por qué se enfrentan él y Joker? ¿La capacidad y la voluntad para impartir justicia es lo que define y legitima la autoridad? ¿Es una función que el poder se arroga de forma ilegítima sólo para convertirse en autoridad, y Joker representa la lucha contra esa apropiación?

En su declaraciones el director ha añadido que el final es clave, y en concreto, que el chiste que Joker no llega a contar es que todo ha sido una invención suya. Que nada ha sucedido. Eso es una tontería: ¿quién mató entonces a los padres de Batman sino un seguidor de Joker? ¿Cómo iba a ser éste alguien distinto de Arthur? ¿O se refiere a que sigue estando solo, como hemos dicho?

Pero lo importante es preguntarse qué quiere decir al salirnos con esa declaración. ¿Qué es lo inventado por Arthur? ¿La fantasía es el sueño de ser comprendido? ¿La idea de que la justicia nace de nuestra naturaleza justa, y no de la voluntad de poder y la autoridad? Si lo que se ha inventado Joker es que tiene seguidores que lo imitan, ¿significa que a nadie le importa la verdad? Las pisadas rojas podrían ser crímenes imaginarios y a lo mejor él nunca llega a salir del psiquiátrico, ni a conseguir que la gente le entienda, como la asistencia social – que como dice mi compañero Víctor podría la misma que la de la primera escena, pero más joven, de modo que la última escena sería la primera cronológicamente. En cualquier caso, lo que nos hace reír de un payaso es la mezcla de ilusión y de torpeza, y el inocente empeño que mantiene a pesar de los contratiempos. Cuando en EEUU tanta gente ha querido ir a ver la película con la careta puesta puede que sea por hacer el show, pero también porque guarden alguna esperanza de que el mundo real mejore. ¿El director nos está llamando ilusos o payasos a todos, por habernos creído que todo sucedía? ¿El chiste somos nosotros?

En cualquier caso hay un guiño que nos puede estar haciendo. Ya hemos visto que ésta es una película que nos entrena en sus lenguajes, interpretando por ejemplo la risa como lo contrario, y que se extiende más allá de la pantalla hasta incluirnos, como cuando consigue que nos riamos del pobre enano. Del mismo modo, tampoco termina con la última claqueta. Al hacer pública esta interpretación el director sigue jugando con nosotros, haciendo uso de la autoridad que le confiere su posición, como ha hecho a través de los personajes de Murray o del Sr Wayne. Y si hemos aprendido algo de Joker es precisamente a pasar olímpicamente de la autoridad y las jerarquías. Su interpretación es tan buena como la que podamos hacer los demás. Qué digo, las nuestras son mejores. Todd Williams, no seas horrible tú también…


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Régimen permanente y transitorio. La Cábala.

El rechazo del engaño, la ignorancia de los juegos del poder, la empatía con los inocentes, la templanza al juzgar a otros, la ausencia de un ánimo de venganza, la necesidad de ser comprendido, la esperanza de encontrarse con la persona…todas éstas son características de Joker independientes de sus súbitas reacciones violentas.

Lo hemos comentado a lo largo de todo el texto. Decíamos por ejemplo que entra invitado en el programa de Murray con la intención de hacer una burla de la cínica comedia que es la televisión. Exagera el show, besuquea a la doctora sin permiso, provoca con chistes de mal gusto, y se dispone a pegarse el tiro final. Entonces aparece la vileza de Murray y estalla brutalmente contra ella, pero hasta ese momento todo lo hace premeditadamente, fuera del influjo de una reacción visceral. Y esa secuencia anterior encajaba tanto con ese final como con la nueva situación a la que lo desplaza su estallido.

Aunque coherentes con el resto de sus actos y con sus exigencias morales, sus impulsos tienen un origen misterioso para el común de nosotros, acostumbrados a actuar conforme a la coreografía socialmente aceptada. Pero sabemos reconocerlos como innatos, igual que lo es su comportamiento el resto del tiempo, sólo que de una naturaleza templada y mantenida en el tiempo. Todas las cualidades de Joker son naturales, las posee desde que era niño y ya reía cuando lloraba. Sus formas de ser no cambian: lo que sucede en la película es que se integran, en un proceso cabalístico que nos habla del poder rector de la naturaleza propia y de la realidad del entorno como catalizadora.

Por lo poco que sé sobre ella, la Cábala judía dice que el impulso masculino es un pico espontáneo, intenso y breve, mientras que el femenino es consistente, estable y mantenido en el tiempo. Tal vez el Joker femenino sea el Arthur que se pinta al espejo, el que sufre en soledad, el que cruza del llanto a la risa en un mismo instante, el del público de Murray que cuenta coqueto que vive en la ciudad con su madre, el que quiere ver a un padre en éste y en Wayne… En Joker lo femenino es valioso y lo masculino es la salvaguarda de lo femenino. Y él es un ave phoenix salvada de la muerte por su propia hoguera.


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La enfermedad

Joker parece una película muy oscura sobre el sufrimiento de un enfermo mental y su trágica evolución. Pero en realidad la mayor parte del tiempo no sabemos qué es lo que le pasa por la cabeza, sino sólo cómo actúa. Algunos de esos actos son breves destellos de personalidad que intercambia con otras personas: la vecina, el enano, el niño del autobús, la madre de este niño (apenas se oye, pero le pide perdón por hablarle mal)… Esos instantes deberían bastarnos para descubrir que el interior del protagonista es mucho más luminoso de lo que aparenta, y a partir de ahí ver la película de otra forma.

Sin embargo, la mayoría de los espectadores no hace este descubrimiento, o no de forma consciente. Esto ocurre porque ante un enfermo mental lo único que tenemos siempre presente es su enfermedad. Sea por miedo a sus reacciones o por lástima hacia su dolor, nos resulta muy difícil prestar atención a cualquier otro rasgo. Ni siquiera vemos mucho sentido en intentarlo, porque antes de nada es eso, un enfermo mental. Por eso los múltiples mensajes de la película se hacen invisibles frente a esa presencia abrumadora. Hasta tal punto es así que el guión parece alargar la escena de la discusión con Murray para hacer más explícito que las opiniones de Joker sobre la sociedad son muy razonables y que todo lo que hace responde a una lógica. Algo que no sorprende al que haya estado atento, pero insuficiente para quien no puede dejar de ver en él a un loco.

“Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”. En esta frase Arthur no se queja porque a la gente le moleste su risa, sino porque no sabe escuchar más allá. Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente no puede ver a la persona que hay detrás.


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El idioma de las muecas

El cuaderno de Arthur es el de un estudiante de idiomas. Quiere aprender uno muy difícil, el del humor. En Gotham todo el mundo parece hablarlo. Todos a su alrededor lo entienden y reaccionan a cualquier gracia enseguida, como en un diálogo fluido. Lo que dicen no suele tener sentido para él y eso le resulta confuso, así que le cuesta contestar a tiempo. Cuando ríe tarde entre el público del Pogo’s, pero también al repetir el gesto de pegarse un tiro de su vecina, delante de su jefe cuando lo amenaza con despedirlo, o en el autobús cuando la madre del niño le llama la atención, Arthur siempre reacciona tras un intervalo, como cuando uno no habla bien un idioma o cuando va a echarse a llorar. La risa es instantánea, el llanto y el desconcierto vienen con un delay.

Reír sí, pero en cambio llorar nadie en la ciudad sabe hacerlo, salvo el enano, que en la escena en la que Joker asesina al otro compañero no deja de lamentar su muerte aún estando él mismo en peligro. Mucho antes de eso, Arthur parece sumarse a la burla del minigolf dirigida a este buen hombre, pero para entonces los guionistas ya nos han hecho saber que cuando ríe en realidad llora, y lo que hacen es ponernos ejercicios para ir entrenándonos en este nuevo lenguaje. Con esta película ocurre como al entrar en contacto por primera vez con una música o un idioma nuevos: uno tiene que hacerse a una forma de expresión desconocida y en la que, como los acentos en chino, las intensidades cambian totalmente el significado de las cosas. Así, la risa denota disgusto si es en voz alta, pero no si es moderada, como cuando el enano no llega a la puerta y Joker suelta una risotada contenida, o cuando hace lo mismo al contemplar la revuelta de sus seguidores desde el coche de policía. Tampoco quiere decir lo mismo la sonrisa esbozada que la convertida en mueca. En la primera escena, frente a un espejo, Arthur mete sus dedos en la boca y estira los labios con fuerza formando una sonrisa. Una lágrima negra resbala entonces de su cara pintada. Es la primera lección del curso: la mueca, que es la caricatura de la tristeza, en Joker es su grafía.

La risa y la sonrisa son mensajes hacia fuera, buscando una respuesta en alguien, con el miedo tantas veces confirmado de no recibirla. Al mismo tiempo, y esto no es una contradicción, Arthur es entrañable cuando está ante una persona honesta o comunicativa: le sigue la broma a su vecina en el ascensor, le hace gracietas al niño del autobús, asusta en broma al enano y a continuación, cuando éste necesita ayuda para abrir la puerta, le pide disculpas por no abrírsela él mismo y le agradece haberlo tratado siempre tan bien. También se regocija en la gala benéfica al ver la secuencia muda en la que Charlot patina con los ojos vendados, o cuando contempla a sus alter egos con careta por las calles. En esos encuentros fugaces su risa y su sonrisa son reales, y significan lo contrario que cuando son exageradas.

Los demás personajes también tienen sus formas de comunicación imprescindibles para cada uno. Toda la película es un curso de idiomas, además de la historia de cómo el protagonista va aprendiendo el suyo, que es darles un significado a unas expresiones con las que siempre había contado, las de la risa, y utilizarlas para hacerse entender, en su caso a través de su fabuloso número tragicómico satírico. Al reírse de la broma del minigolf lo que Arthur hace, conscientemente o no, es empezar a ensayar la sátira. Por eso interrumpe las carcajadas tajantemente en cuanto dobla la esquina del pasillo, mientras que una pena no se iría tan de pronto. Y precisamente porque está ensayando, lo primero que le pregunta el jefe cuando entra en su despacho es cómo lleva lo de su carrera de cómico:

Estoy trabajando en mi número. Dicen que es bastante bueno.

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Caracter chino “jiong”, que significa brillo de la ventana pero se utiliza para expresar multitud de sentimientos.

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El circo de Gotham

El circo es el arte de idealizar las cualidades humanas. El trapecio es el valor, el acróbata la confianza, la cuerda floja la voluntad, el mago la curiosidad y la capacidad de sorpresa, el malabarista la maña, el acrosport el espíritu colaborativo, el monociclo el equilibrio, el más difícil todavía el afán de superación. El circo te muestra todos los prodigios uno tras otro, y tú aplaudes boquiabierto su despliegue de habilidades, arrojo y cuerpos esculturales. Pero entonces se plantan en mitad de la pista unos tíos que no saben hacer nada, y la ocupan entera con sus cachivaches. Feos y contrahechos, con la nariz roja como el dedo de E.T., se visten a parches, se hablan a gritos, caminan igual, atropellándose, y ni siquiera les sale bien lo más sencillo, como sentarse en una silla. Son los payasos, y podrás reírte de ellos todo lo que quieras pero son ellos los que se ríen de ti, y de todo lo que has visto antes. La bocina que se han traído es para despertarte por si estás dormido y no lo pillas, a ver si el tonto vas a ser tú.

Para cuando quieres darte cuenta, ¡chorprecha!, se han convertido en los amos de la pista. Es inevitable, ocurre lo mismo en todas las funciones. Y entonces descubres que no pasaría nada si faltara alguno de los demás artistas, pero que los que tienen que estar son ellos, porque alguien tiene que hablar de la fea verdad. Si los payasos no fueran tan importantes los circos no serían lugares estrambóticos a juego con su ropa. Serían sitios chic, con su zona VIP y un photo call. Pero, por más que lo intentan, el circo se resiste a integrarse del todo en la vida cultural, porque habla de la real, que es la que importa. Y lo hace sin intermediarios. Que yo sepa no hay críticos de circo, y si alguien sabe de alguno que le pegue un tartazo. Las vidas de sus artistas no hay quien las clasifique, pueden ser burguesas o dar los mismos tumbos que en escena. Pero las roulottes con que rodean las carpas son su barricada contra cualquier tribu, sea de pijos, de perroflautas o de críticos de arte.

Mientras los payasos estén en escena por algún motivo te es imposible quitarles la vista de encima. Sus colores chillones, su forma de moverse, los golpetazos y las voces que se pegan saturan todos tus sentidos. No sabes si hablan de ti o de algo que es culpa tuya, porque nadie es tan torpe y tan desventurado sin que nadie tenga la culpa. Y es justo su empeño en que parezca lo contrario lo que te dice que en realidad van muy en serio. Por eso les prestas atención, como un niño a un padre severo cuando le hace gracietas. Y también por eso cuando dan miedo, dan mucho miedo: no cuadra ver en ellos ningún rasgo amenazante, pero si lo hay tiemblas, porque sabes que nunca van en broma. Nada es en broma en ellos, así que el pánico se dispara.

Cuando se pierden todas las cualidades que representa el circo, la única esperanza de recuperarlas es la sinceridad del payaso. Joker no es una película, es una función de un circo, Gotham, donde los artistas han renunciado a sus oficios. Arthur nunca ha pasado de ser un aspirante: no llegaba al trapecio, se caía de la cuerda floja, y aunque sea fuerte está tan flaco que con él nadie haría acrosport. Estaba destinado a ser el payaso, y eso es lo que él quiere, pero es que los demás necesitan que lo sea, porque su número no oculta los golpes recibidos, sino que los exhibe y se burla de ellos. Es el único que se atreve a sacarlos a escena, para que sus compañeros pierdan el miedo a los que ellos mismos sufrieran y vuelvan a subirse a los trapecios.

El circo es la vida con todas sus caras, y el payaso quien pone la fea junto a las demás. Por eso es el espectáculo más grande del mundo. El teatro, el cine, el resto de las artes, sólo saben o esconder lo que es feo, o hacer de ello toda su función.

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Dicen que si los payasos tuvieran un maestro sería Jango Edwards. Curiosamente, tiene un cierto parecido con Joker.
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Harpo Marx hizo de Joker durante décadas. Se desconoce a cuántos mató de risa.
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Con su atuendo deportivo poco estético y circense, el laureado monociclista español Amazing Pepe parece burlarse de los domingueros de la bici y en general de la manía de convertirlo todo en un deporte. Nada está fuera de lugar cuando es circo.

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La espada invisible

El bailecito que Joker ejecuta tras cada arrebato de violencia es una sátira de la performance televisiva, pero antes de eso un acto de recogimiento, de vuelta a la soledad, ante sí mismo, de igual modo que se mira y forma muecas ante el espejo o se carcajea en el sofá de su casa vacía. Parece tomar los movimientos de Murray, exagerando sus gestos y extendiéndolos al resto del cuerpo. A mí se me asemeja al teatro clásico japonés y a la forma de un arte marcial, una kata que ejecuta ritualmente una vez descargado el golpe. No tendría sentido que lo hiciera antes, como el común de los luchadores, porque en Joker la energía surge y se libera de manera súbita e imprevisible, sin necesidad de invocación. Se trata en cambio de templarla y dar forma a algo con ella, como un alfarero. Por eso todo es suavidad en sus movimientos. Cuando danza por primera vez, tras matar a los tres ejecutivos del metro, Joker parece sostener entre sus manos una espada que hubiera recibido. Ni siquiera podemos verla, como tampoco vimos venir el golpe.

Si la coraza de Joker es su propio cuerpo, también su espada forma parte de él.

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Para los maestros espadachines de Tigre y Dragón, cuerpo y arma también son una misma cosa.

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De nuevo el cuento antes del cuento

Arturo trata de reinar más allá de donde acaban los cuentos, después de la felicidad y las perdices. Imagina princesas y aventuras nuevas, pero lo lógico es que todas mueran. Entonces se encuentra con la espada, que existe antes que las historias, y entiende que es un engaño esperar algo de ellas una vez han terminado. Deshace el engaño convirtiéndolo en comedia, y al renunciar a su reino, descubre su naturaleza en la espada y ésta lo salva. En Joker la naturaleza despierta al príncipe, antes de ser coronado, tal vez, en el cuento del que elija ser protagonista.

*

El premio para el puro de corazón no es un chupa chups, es Excalibur, la espada de la justicia. El de Arthur es un reino que no sólo pertenece al filósofo, que piensa por sí mismo, y al sabio, que es la experiencia, sino también al loco inspirado por las Musas en sus arrebatos. Sólo con esa triple naturaleza se puede rescatar la justicia, que es sacar la espada de la piedra. Pero para manejarla con sabiduría antes debe enfrentarse al enemigo más poderoso, el miedo. ¿Joker lo ha derrotado, o ha renunciado a esa batalla?

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Este texto parece la chaqueta de un payaso. Está escrito a parches, en bloques separados que van y vuelven sobre lo mismo. Hay quien ve la película construida de este mismo modo, y en ella de hecho el orden de muchos acontecimientos no altera el resultado: los flashbacks pueden ser forwards; todo puede estar pasando simultáneamente; Joker se medica al principio de una forma y luego de otra ; se pinta la sonrisa una y otra vez; Joker empieza en un psiquiátrico y acaba en otro, o el del final era, o a lo mejor nunca sale; Joker, como dice la canción That´s life que lo acompaña, se levanta tras cada fracaso, y no importa cuál viniera antes. Lo que sí forma una secuencia ordenada es que primero Joker quiere ser comprendido, luego renuncia a sufrir y quiere suicidarse, entonces lo salvan sus impulsos y decide que para comunicarse debe mostrarse como es, para nacer de nuevo con las cicatrices del proceso.

Este texto no podía convertirse en una clase sobre Joker cuando el propio Joker viene sin explicaciones. A él le van pasando cosas, y a quienes nos ha dado por darle vueltas nos hemos podido fijar en unas u otras. Aunque haya una coherencia y el personaje tenga una serie de características en las que podríamos estar de acuerdo, creerse que uno entiende bien a Joker es imprudente, que se lo pregunten a Murray. Por eso es imprescindible averiguar cómo reaccionan los demás durante la película, y qué interpretan después. Hay diferentes maneras de entenderla y eso también es parte de ella. Para Elena es la historia de una metamorfosis en un monstruo que no quiere ser. Un tocayo mío se quedó impresionado sobre todo por la virulencia de la enfermedad. Víctor dice que la asistente social del final podría ser la del principio, y que por eso ésta le tiene cierto miedo; es decir, que nunca sale del psiquiátrico. Yo he visto una película distinta cada vez; la primera era de un superhéroe justiciero, en la segunda vi el choque entre una naturaleza noble y un entorno artificial que la asfixia, y ahora después de mucho escribir sospecho que él ya lo sabía todo, y también es cuando tengo más presente que empieza y termina estando solo, algo que habrá sido obvio para otras personas.

Resulta que todas las interpretaciones tienen evidencias en contra: si Joker es tan recto, ¿por qué mata a su madre, y tal vez incluso a la psiquiatra de la última escena? Y si Joker se va transformando en un monstruo, ¿por qué va al programa pensando en suicidarse, y sólo la maldad de Murray con sus burlas lo desvían de tal propósito? Yo he dado posibles explicaciones, pero para otros pueden no ser válidas. Hay cosas que la película no deja que sepamos, como si hizo daño a su vecina. Y lo hace para decirnos que nunca llegaremos a conocerle. El mayor misterio no está en nuestras historias sino antes, en nuestra naturaleza.