Depredadores y emprendedores

Leo este comentario en eldiario.es:

” Las consecuencias de la sexualización no son las mismas para ellos que para nosotras: recordamos aquí de nuevo que es a nosotras a quienes acosan, violan y matan”.
“Tiene razón en todo lo que dice pero le falta algo el argumento que repite sobre que a vosotras os acosas, violan y matan no es por la sexualización de la sociedad. No entiende la mente de un hombre, todo hombre tiene un depredador dentro algunos luchan toda su vida para reprimirlo otros se rinden y dejan escapar su naturaleza de depradador. Cuando dice
” Las consecuencias de la sexualización no son las mismas para ellos que para nosotras: recordamos aquí de nuevo que es a nosotras a quienes acosan, violan y matan”.
Sin la sexualizacion de la que gusta de repetir los hombres no podrían descargar sus impulsos de depredador sexual y el acoso las violaciones y las muertes de mujeres serian constantes.
La naturaleza del hombre es la que es. Ni la educación ni la religión puede aplacarla…. Es triste muy triste cuanto antes asumáis que TODOS los hombres SIN EXCEPCION son depredadores antes podréis combatir esta tragedia.
Quizás como idea si el sexo de pago no fuera un tabú estuviera regulado por la ley se acabaría esta lacra social

* * *

Mi respuesta:

Comentarios como éste de algún modo me alegran porque hacen más evidente que tras la ideología de género no subyace sino la dialéctica marxista con su fijación por enfrentar a base de dividir a los seres humanos según sus condicionantes materiales en opresores y oprimidos. En este caso no lo hace según sus posesiones materiales de capital como en el marxismo clásico, sino por sus posesiones materiales corporales, porque el cuerpo y sus pulsiones son la primera y más radical posesión y condición material. La ideología de género va a derivar inevitablemente en la criminalización o victimización de todos aquellos seres humanos que posean un cierto cuerpo u otro: en concreto, los que posean pene o vagina, respectivamente. Esto se está viendo confirmado por el hecho de que entre los grupos feministas actuales cada vez es más extendida las tesis de que los varones homosexuales son opresores porque al fin y al cabo son hombres, y de que los transexuales no son mujeres sino impostores. Era de prever que la deriva fuera en este sentido. Las feministas suelen decir que “hay muchos feminismos” y es verdad, pero los hay porque hay feministas honestas que no se han enterado de que todo este gigantesco engaño del feminismo actual está pilotado por grupos de poder en la sombra, y a medida que su agenda avanza, si no se apuntan a la radicalización esas feministas dejan de ser útiles y quedan desplazadas respecto al siguiente grupo financiado y mediatizado, que ocuparan su lugar a la cabeza micrófono en mano.

En esta clasificación moral de la humanidad en función de sus condiciones materiales, la posesión de pene la asociarán a unas determinadas cualidades, a un conjunto de características que se suponen presentes predominantemente en los hombres; sin embargo, esas características se identificarán ahora como fuente de todo mal. Por eso se habla de depredadores sexuales, que trae asociado un matiz de agresión, cuando salvo en el caso de los violadores debería hablar de emprendedores sexuales. En los hombres hay un impulso sexual urgente que se despierta con más facilidad e inmediatez que en las mujeres, y a menos que se trate de una persona equilibrada que sepa mantener ese impulso controlado, éste lo lleva en amor o menor grado  a magnificar la presencia de lo sexual en las mujeres, es decir, a sexualizarlas. Pero de lo que se trata no es de apagar ni atenuar, ni tampoco de liberar a base de dar rienda suelta a los reclamos del instinto: de lo que se trata es de integrarlo en la persona de forma equilibrada. Entonces esa persona pasará de ser un depredador, en el sentido de alguien que no controla sus impulsos, a un emprendedor: ese impulso lo llevará a ser más proclive a proponerse o a aceptar a una mujer como pareja en lugar de poner demasiados filtros. No hay más que ver un programa televisivo mundano pero ilustrativo como First Dates, de la cadena española Cuatro, en el cual la inmensa mayoría de los hombres dicen que sí cuando se les preguntan si quieren una nueva cita con la mujer a la que acaban de conocer en el programa. Ese emprendimiento derivado del impulso sexual es uno de los motores para formar parejas, núcleos familiares. La mujer por su parte es quien tiende a hacer la tarea necesaria de filtrado.

Este comentario visto en eldiario.es es coherente con lo que se ha hecho en las últimas décadas, que a su vez es coherente con los dictados del marxismo cultural: considera que la educación es inútil, porque el ser humano no tiene esperanza alguna de conjugar sus condicionantes naturales para construir nada digno. No tiene posibilidad de transcender a las condiciones naturales básicos. Esto es lo que se esconde tras la supuesta liberación del yugo de las culturas que promete el marxismo. Pero la cultura no es sino el producto de saberes y convenios colectivos dirigidos a tratar de conjugar las características naturales de las personas y del entorno para hacer viable un proyecto común. El marxismo cultural rechaza proyectos comunes y, con la excusa de liberar al individuo del yugo de la tradición, lo que consigue es completar el trabajo de atomización social sembrando el recelo entre sus miembros, para hacerlos más débil frente a agentes externos y la clase dirigente. No hay nadie más a la intemperie que el mileurista explotado en su trabajo y sin familia por la que luchar o en la que cobijarse, ni esperanza de tenerla. Sobre todo si también cree que la política es un camino sin recorrido o se ha tragado los cuentos de hadas infantiles del progresismo.

Las sociedades tradicionales asignaban roles, funciones, mientras que estos movimientos dividen en clases, a las que asignan, aunque no explícitamente, categorías morales. Son condenatorios. Por otra parte, así como el marxismo clásico concibe la historia y el futuro como un proceso de lucha de clases que desembocará en la abolición de las mismas y el triunfo del proletariado, el marxismo de género busca destruir el orden creado a partir de la concepción tradicional de los géneros, con la diferencia de que ni siquiera propone una alternativa que no sea la infinita división. Tal vez el marxismo nunca buscó el fin de la lucha. “Hasta la victoria siempre”, dicen las camisetas del Che Guevara; por supuesto, porque siempre se seguirán inventando nuevos enemigos.

Los grupos dirigentes se han encontrado con el ascenso de la figura del individuo en el siglo XX, y han sabido ver que deben apelar al mismo y apoyarse en él para mantener su poder. Algo que han conseguido es que hoy en día, cuando los ciudadanos hablamos de política, lo que hacemos en realidad es hablar de nosotros mismos: en vez de aportar nuestra experiencia particular a la de los demás y ver cómo encaja en el conjunto, la generalizamos por encima del resto, haciendo extensivo a toda la sociedad nuestro caso particular y exigiendo de ella que satisfaga nuestras reinvindicaciones personales. Es decir, no pensamos en los problemas y soluciones políticas como hace un político: teniendo en cuenta la variedad de tipos de personas, intereses y necesidades, algunos en sintonía, otros enfrentados. Por eso nos resulta natural que los posiblemente legítimos problemas de cuatro niños (supuestamente) transexuales se presenten como motivo suficiente para que todas las escuelas del país adopten unos contenidos educativos en transexualidad, y no vemos que se trata de una mera excusa con unos fines diferentes de los que dicen perseguir. Luego podremos estar de acuerdo o no con esos fines, o concluir que son unos u otros, malvados o loables, pero al menos debemos ser capaces de detectar este tipo de procederes.

Por eso, para lanzar cualquier iniciativa social siempre hacen alusión a nuestros problemas personales para encontrar nuestro apoyo. Al mismo tiempo, a pesar de que el liberalismo trató de arrancar el dualismo del discurso político – de hecho trató de acabar con el discurso político – la política está más viva que nunca, y el dualismo sigue por supuesto generando imágenes e impulsos muy potentes.

El marxismo de género ha entendido muy bien las potencias del individuo y del dualismo, y ha combinado ambas en una figura central: la de la víctima. Ya no se habla de clase obrera sino de víctimas de violencias, como por ejemplo de víctimas de la violencia de género. Ahora el oprimido es, primero y antes de nada, víctima. ¿Podría ser otra cosa? Sí. Podría ser un héroe oprimido, pero capaz de liberarse de su yugo, perdonar a su opresor, ocupar el lugar que le corresponde y labrarse su destino, como hacen en realidad la mayoría de las mujeres en el caso de la “opresión de género”. Pero ésa no es la imagen que interesa comunicar, sino la de mujer siempre débil, que siempre aporta más pero se lleva la peor parte en las relaciones, que necesita espacios seguros y recurrir al Estado para que la defienda (016), que no es dueña de sus decisiones porque otros deciden por ella, que tampoco es responsable de sus fracasos porque se deben a la discriminación machista, y que trata de sobrevivir ante el acoso constante de las agresiones físicas y los micromachismos.

Por supuesto, esta víctima tiene un agresor (jamás aceptarían la idea de víctima de uno mismo). Violencia de género significa violencia entre géneros, es decir, que hay un género por definición agredido y otro por definición agresor. Si el marxismo clásico agitaba el resentimiento de la clase obrera oprimida hacia la capitalista, el neomarxismo recurre a mecanismos más sutiles de filiación de sus feligreses: hablamos de un feminismo paranoico de mujeres que se sienten violentadas ante cualquier estadística o ante cualquier nimiedad. Y esto se extiende a los militantes neomarxistas para los cuales sólo existen o los de su bando o los fascistas, ciegos a los matices intermedios y con vocación inquisitorial; estamos asistiendo a una limpieza no étnica sino intelectual a manos de estos inquisidores. Inquisidores que aún así se siguen y seguirán sintiendo indefinidamente atacados por poderoso enemigo, el malvado capitalismo fascista: los propios financiadores de estos movimientos se encargan de que cada cierto tiempo haya militantes tratados de manera injusta por ejemplo por el sistema judicial, de modo que se perpetúe la sensación de que su enemigo es más poderoso y menos ficticio de lo que en realidad es. Por supuesto, los grupos de poder detrás de todo el montaje quedan siempre a salvo entre bambalinas.
Violencia de género -> violencia entre géneros -> hay un género bueno y otro malo, por definición -> si es por definición entonces no es por elección de sus miembros  todas las mujeres son buenas (víctimas, presas) y todos los hombres son malos (agresores, depredadores).
De este modo, la ideología de género defiende lo contrario de lo que dice defender. No lucha por elevar la dignidad del ser humano liberándolo de la esclavitud de la biología, sino lo contrario, porque aunque tus genitales no definan tu género, serás culpable o inocente en función de ellos. Es decir, naces salvado o condenado. Lutero revisited.

Aquí hay un problema: si un género es bueno y el otro malo, pero no hay un criterio para clasificar a sus miembros, ¿cómo lo van a utilizar para atacar a nadie? La respuesta es que la coherencia no es una propiedad en absoluto necesaria para la subversión. Por una parte, para poder hacer la clasificación necesitan identificar género masculino con genitales masculinos (como en la clasificación tradicional!), pero es demasiado evidente, así que han empezado por identificarlo con hombre blanco heterosexual y negando la univocidad genitales<->género. Poco a poco, ya lo hemos dicho: la necesidad de marcar, de señalar, va haciendo que vuelvan a esa univocidad y ataquen a gays o transexuales (como hacen las de la cuerda de Germaine Greer). Pero por otra parte, de lo que se trata no es sólo de perseguir inquisitorialmente: eso es sólo una herramienta para conseguir un objetivo, que es privar a la sociedad de sus mecanismos básicos de supervivencia. El esquema funciona así:

Violencia de género -> violencia entre géneros -> lo femenino es bueno, lo masculino es malo -> la sensibilidad, la permeabilidad, la flexibilidad, la estética, son buenas; la asertividad, la iniciativa, el rigor analítico, la capacidad para gestionar la agresividad, la defensa, son malas.

Del mismo modo que el marxismo clásico buscaba transmitir que la iniciativa individual es mala.

Pero este odio no acaba en el otro, sino que se proyecta hacia uno mismo, como cualquier odio. Esta transformación social busca intervenir el interior de cada individuo para provocar cambios en el mismo: buscará destruir la masculinidad y la feminidad, y crear así una masa de individuos que siguen creyéndose libres e individuos, pero que están aislados y desprovistos de sus mecanismos colectivos de supervivencia.

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