Mujeres y poder

Leo este artículo de Aramburu sobre el papel tradicional de las mujeres gobernantas del hogar.

http://www.elmundo.es/opinion/2018/06/10/5b1bc942468aeb3a088b4617.html

Como creo que se queda cojo, tengo unos comentarios al respecto.

Que tradicionalmente muchas mujeres mandaran en casa – muchas veces de manera despótica – efectivamente no significa que estuvieran emancipadas, como dice Aramburu, pero sí demuestra que las sociedades tradicionales intentaban jerarquizarse de la manera más eficiente en cada entorno familiar, social o laboral.
Cuanto mejor lo hacían, más prósperas eran.

En el caso

ideal, en casa o el trabajo el que lo hacía mejor tendería a llevar más la voz cantante, y se aceptaría de manera natural.
En las sociedades o entornos menos funcionales, los papeles en la jerarquía no se entienden según su fin organizativo sino únicamente como un rol concedido por decreto ley, “porque tú lo vales” o porque no lo vales. Es el caso del jefe que opina sobre lo que no sabe, la política cuando la copan los déspotas, y en el caso histórico que nos ocupa, cuando la mujer capaz estaba o está relegada y no puede imponer cordura cuando no la hay, y el marido la desprecia y se gasta el sueldo con los amigotes.

D

entro una sociedad más funcional, más eficiente en la gestión de los recursos, cuando una ocurría u ocurre es en un núcleo familiar o laboral, y ese grupo es la excepción. Y ocurre porque está dominada por uno o varios individuos de una psicología dañada y débil que camufla esa debilidad a base de imponer un rol jerárquico mal entendido para darse el valor que no tiene. Pero no es el resultado de una imposición o una opresión generalizada.

Cuando esté despropósito

ocurre de manera más generalizada en una sociedad es porque ésta se puede permitir una eficiencia menor en la gestión de sus recursos (por ejemplo porque el medio natural donde se desarrolla sea más generoso o amable y el frío o la escasez no acucien). Eso hace mucho más difícil hacer entender el motivo del reparto de roles. En vez de remar por el bien común desde su posición, uno podía tratar de aprovecharse de los demás. Y eso sucede a todas las escalas. De ahí que las sociedades con un reparto más desigual del poder y los recursos hayan sido también las que menos rango jerárquico han dado a la mujer en la familia y las menos capaces implantar innovaciones técnicas o en el pensamiento, al ser menos flexibles a los cambios que favorezcan la eficiencia.
Toda esta asignación de papeles dejaba aún así poco espacio para la emancipación de las mujeres, pero tampoco había libertad total para los hombres. El que la mujer no pudiera tomar papeles protagonistas fuera de la familia se debía a que se consideraba imperativo controlar su sexualidad: su atractivo sexual es tan alto para el apetito sexual masculino, que se consideraba probable que al interactuar con miembros de otras familias pudieran acabar teniendo hijos no deseados cuya responsabilidad no cayera en manos de nadie, con el caos social que eso supondría. Hablamos de sociedades en las que no había mucho margen por encima del umbral de supervivencia. Para implantar ese control, una opción era reprimir el impulso sexual masculino, otra era culpar a la mujer de provocar ese impulso. Se hacían ambas cosas, pero sobre todo esto último por ser más eficaz, debido al carácter de la mujer en general algo menos rebelde y más responsable en cuanto a su entorno social inmediato. Y ese control sexual no era una decisión acatada e impuesta por los hombres sino por todos, ellas incluidas. Por eso las primeras en controlar o condenar la conducta sexual de una mujer eran otras mujeres.
Cuando las sociedades han empezado a gozar de un cierto colchón respecto al umbral de supervivencia, es cuando ha dejado de hacer falta el control estricto de roles jerárquicos y de la sexualidad de manera generalizada.
Y precisamente en esas sociedades que en su versión tradicional eran más funcionales y sabían asignar jerarquías de manera eficiente es en las que ha sido más natural que la mujer saliera del hogar, y luego, que pasara a adoptar papeles altos en las jerarquías no familiares. Porque su papel y su consideración social nunca fueron frutos de la supuesta opresión generalizada y egoísta de los hombres, sino de esa necesaria eficacia organizativa. Y como ahora es eficaz (en concreto, beneficioso para algunos) tener mujeres en otros papeles fuera de la familia (para empezar, para aumentar la oferta de mano de obra) pues éstas los han ocupado sin gran oposición social.

Esta emancipación, o mejor dicho ampliación de sus lugares activos, no obstante, no ha sido resultado de ninguna supuesta lucha capitaneada por las mujeres. Ellas han salido del hogar cuando ha convenido que salieran – cómo por ejemplo cuando ha hecho falta más oferta de mano de obra en las fábricas. De hecho el problema es que las luchas manipuladas organizadas desde el poder puedan desequilibrar una reasignación coherente de papeles, proceso que va asociado a un cambio de mentalidad como hemos dicho mucho más fácil de asumir en unas sociedades que en otras, pero que siempre lleva su tiempo.

Todo esto desmiente los mantras victimistas del feminismo, pero en el caso que nos ocupa delata que el texto de Aramburu, a pesar de ser una justa alabanza a la fuerza y entrega femeninas, se desubica en cuanto aterriza sobre alusiones a la emancipación y a los roles. Al hilo de lo explicado, hay algún detalle que merece un comentario particularizado.
– Si fueron madres gobernantas no es sólo porque tuvieran una particular fuerza de carácter. Claro que lo tenían, pero es que su sociedad sabía que lo mejor para todos era que gobernaran en sus casas, y por eso no lo reprimía: estaba bien visto que una mujer pusiera las cosas en su sitio. Precisamente por eso no eran un oasis, y ese modelo jerárquico familiar se repetía aquí y allá. Y con bastante más frecuencia en sociedades prósperas que en otras menos prósperas. Fuera de su casa soplaban los vientos sociales, dice Aramburu…pero dentro de ella también.
-Un hombre con carácter tranquilo y conciliador y que entiende cuál es su papel en cada sitio no es lo mismo que un corderito, ni está desprovisto de fuerza o carácter. Los corderos no se parten la cara defendiendo a nadie de una agresión física. Aramburu dice que su madre era quien porfiaba y se encaraba, y que ella llamaba a su padre “corderito”. Pero ante una ameneza física la responsabilidad se habría transferido – de nuevo de manera natural – a su padre, y entonces seguramente se hubiera convertido en cualquier cosa menos en una cabeza de ganado ovino. Se ve que la madre del Sr Aramburu nunca tuvo que presenciar esa transformación, ni él tampoco – o bien se lo calla porque no encajaría con su relato. O eso, o es que en las sociedades donde el reparto de funciones es más eficaz el hombre exhibe menos su lado agresivo, reservándolo para cuando corresponde. Y la mujer no suele entender ese juego de dos caras del hombre necesario para adoptar el papel necesario en cada momento. Por eso, cuando ocurre un episodio en el que un hombre tiene que recurrir a la violencia, es frecuente que la mujer se desconcierte y se asuste, y que luego refiera que “se puso muy violento” y que “él no es así”, como tratando de encontrar la explicación en un arrebato de locura a ese cambio de comportamiento súbito de una pareja que normalmente es un tipo tranquilo. En cambio en las sociedades organizativamente menos eficientes, con papeles mal entendidos, todo es una constante exhibición de esa otra naturaleza masculina, la agresiva. En esas sociedades a los hombres occidentales nos toman por débiles

… erróneamente.

Como ahora estamos en una sociedad progresista e infantilizada donde la violencia siempre está demonizada y donde el derroche de recursos es la norma, este juego de caracteres complejos y de papeles guiados por la necesidad de sobrevivir no se entiende, y a cualquiera le cuelan esta imagen del padre de Aramburu de corderito y calzonazos, de la sociedad como represora, y de la mujer siempre como víctima condenada al hogar a pesar de su evidente valía y fuerza. El pacifismo ha sido y es uno de los caballos de batalla ganadores de la ingeniería social progresista.

Aramburu no cae en los mantras baratos del feminismo, pero o no se atreve o es incapaz de vertebrar su experiencia dentro de la historia para darle una lógica, con lo cual su interpretación acaba a merced del feminismo: las madres estaban esclavizadas y tenían que ocuparse de todo porque los hombres eran unos calzonazos y la sociedad hostil y opresora.

Curioso este progresismo que aspira a progresar desde un pasado que deforma. Curiosa esta exaltación de la mujer siempre a costa de malentender al hombre.