El espíritu de la alcachofa

O todo o nada.

O bueno o malo.
O izquierda o derecha.
O contigo o sin ti.
Muchos prefieren las explicaciones pobres con tal de que sean simples. Las recetas de un solo ingrediente. Para ellos además la mejor explicación suele ser la que culpa a alguien, porque si alguien tiene la culpa eso lo explica todo. A partir de ahí, las preguntas que sigan tendrán respuesta fácil: “porque es un hijo de puta”. Basta con invocar a un espíritu malvado para ahorrarse el esfuerzo de seguir pensando. Y es que toda receta mágica contiene un ingrediente mágico. Cocinar se convierte entonces en invocar a un espíritu, en vez de reunir los de varios ingredientes y conseguir que hablen como hacen cuando están en la naturaleza.
La virtud del punto medio la confundimos con la moderación y la equidistancia, con tomar prestado un poquito de un lado y un poquito del otro. Pero no hay equidistancia entre dos lugares equivocados. El punto medio no es el de en medio, es el original. Las cosas suelen empezar siendo razonables y los farsantes se las llevan cada uno hasta su extremo, para que tengas que renunciar a la otra mitad de la verdad. Un sabio no es equidistante a dos idiotas que se confunden o buscan confundir. Otra cosa es que, como sabio que es, quiera deshacer la farsa reclamando lo robado por cada cual. La cosa se complica aún más cuando de uno hay que quedarse con los medios y del otro con los fines. Por ejemplo, uno se puede quedar con los métodos de un demócrata pero con los fines de algún dictador, o tal vez al contrario. Pero esto no es fácil de asimilar por la mayoría, y por eso de los extremos se saca réditos.

A Pablo Casado, del PP, le han preguntado estos días en un colegio si utilizaría el dinero para salvar el Amazonas o Nôtre Dame. Para espanto de los niños, ha respondido que Nôtre Dame. Una persona razonable me preguntaba que por qué su respuesta no había sido que hay que poner dinero para ambas cosas. Verdaderamente es la única opción, porque si no salvas las dos no vas a salvar ninguna.(*) Pero los políticos viven de pescarnos desde su orilla y llevarnos a su bando. Sacarnos del equilibrio es lo que les da poder. Por eso nunca van a irse al punto medio, porque en ese entorno nos sabemos manejar y rápido nos daríamos cuenta de que sólo son la solución a los problemas que ellos mismos crean.

No es difícil entender que las cosas se explican, igual que se crean, mediante combinaciones acertadas de otras. Pero luego no sabemos funcionar así. Necesitamos fijar la mente en una sola idea, apartar lo demás y convertirla en el único objetivo. Y entonces es cuando sacamos energía para ella. Es como cuando nos ponemos a dieta, que es más fácil que aprender a alimentarse y que además tiene algo de animista: escogemos la dieta más simple, le vendemos el alma al espíritu de la alcachofa, y a cambio ella nos concede sus poderes. Lo mismo sucede con las explicaciones pobres.
En Occidente hemos vuelto a las cavernas, pero ahora sólo para escondernos. Los prehistóricos las habitaban. También eran un refugio para ellos, pero la necesidad los hacía asomarse fuera, y trataron de comprender el mundo con un animismo mejor aplicado. La naturaleza era una mezcla de fenómenos cada uno con su espíritu, que es su personalidad, su autonomía y sus intereses e intenciones, que podían ponerse a favor o en contra de las personas. Su propia historia, una que debían escuchar en silencio a la luz nocturna del fuego. Y no le rendían culto a un solo espíritu sino a muchos. No pretendían que su montaña fuera la única. Eso era lo opuesto a tener una explicación universal para todo. Luego aparecieron unos dioses que no eran omniscientes ni omni nada, eran mendas como usted y como yo, con sus vicios y sus rencillas y todo. Pero a la larga no pudimos evitar escondernos de nuevo en cavernas. A algunos tantas luces y colores les darían demasiado miedo y alguien términó por crear dos cuevas mentales, las del Cielo y el Infierno. Y de ahí han salido las demás, que son las mismas, como las de la iquierda y la derecha.
Y como no nos atrevemos a salir de nuevo al bosque del druida, nos hemos traído sólo la poción mágica.
Me espanta el empeño por unificar las leyes de la física. No es un empeño por entender o por crear nuevas herramientas. Y va en paralelo con el de imponer una doctrina global.
(*) Los neoecologistas no están de acuerdo con esto: para ellos sólo hay una cosa que salvar, la naturaleza, y otra que hacer desaparecer, nosotros, porque si no la destruiremos, y por tanto a nosotros mismos con ella. A su modo de ver ya estamos condenados. Son los tontos útiles de los que tienen pensado quedar vivos.